A la gente no le gustan las personas tristes. Es una de las muchas cosas que a la fuerza he aprendido a lo largo de este año, el primer año sin mi abuelo. Podría ponerme a filosofar sobre la dictadura de la felicidad, podría criticar una sociedad que te quiere siempre arriba, al 100%. Un capitalismo emocional, un sistema que nos educa para mirar hacia otro lado cuando el vecino tiene problemas, o incluso cuando eres tú quien los tiene. Educados o no, condicionados o no para ello, es un hecho: huimos de la tristeza y de las personas que están tristes. Muchas veces la tristeza se disfraza de enfado, de extremismo, de exigencia hacia uno mismo o hacia las relaciones con los demás, de intolerancia, de reacciones radicales, de seriedad, de hipersensibilidad. La tristeza está muchas veces detrás del más oscuro de nuestros comportamientos. Pero no he venido a hablar de eso, ni de la necesidad de aceptar que sentimos tristeza, de vivirla y permitirnos sentirla cuando sea necesario. O bueno, quizá sí.

Nunca llegamos a ser conscientes de lo mucho que nos importa alguien, hasta que se va.

Hace exactamente un año que murió mi abuelo, a los 85, tras duras semanas de hospital, por una causa tan estúpida que aún me descoloca. Que era mayor, que ya había vivido mucho, que estaba muy cascado, que era su hora, que es ley de vida. Pueden decir lo que quieran, todo eso es cierto. Pero que sea cierto no significa que ninguna de esas frases consuele, ni mucho menos desvanezca la tristeza. El día de la muerte de mi abuelo y los posteriores me sentí arropada, querida y cuidada por todos los que quiero. Tanto que me resultaba imposible llorar. Yo no lloré a mi abuelo, o no lo suficiente. Le lloré en los días de angustia en el hospital, sí. Pero cuando murió, no lloré. Con toda la crueldad posible, diré que sentí paz. No soportaba ni un día más como los que habíamos vivido. Así que no lloré. Pero a lo largo de estos meses he experimentado algo que casi un año después he descubierto en la necesaria lectura de Rosa Montero, “La ridícula idea de no volver a verte”.

Amapola || Thomas Quaritsch  (unsplash.com)

Durante los primeros días e incluso meses de duelo, la gente es paciente contigo. Te escucha, te entiende, te acompaña. Pero, como la vida sigue, es inevitable, se deduce que tú también tienes que seguir con la tuya. Tiempo después la gente deja de ser tan paciente, empiezan a considerar urgente que superes el duelo, que sigas adelante. No digo que esté bien no querer hacerlo, digo que simplemente hay veces que no se puede. Este año ha sido uno de los años más difíciles de mi vida, a la par que excelente en el ámbito profesional. Decidí abrazar la bandera de la exigencia, y las inseguridades brotaron en mí como una especie de enfermedad, de agorafobia, de no sentirme capaz de dar ni un solo paso sin apoyo. Creo que es porque me negué mi duelo.

La sociedad nos condiciona para ello. No nos dejan vivirlo cuando nos aparezca. A partir de ciertos días o meses, que sigas sumida en tu más profunda y absoluta miseria empieza a considerarse fuera de lugar. Y no culpo a las personas de pensarlo, en concreto a las mías desde luego que no. Es una cuestión social, ni se nos permite vivir el duelo al tiempo que podamos y nos salga, ni se permite demasiado hablar de la muerte. La muerte es otro tema tabú de nuestra cultura occidental porque no la aceptamos, no queremos ni mencionarla, cuando lo único común y real a todos es que nacemos y morimos, la muerte existe porque hay vida.

Y es que asociamos la muerte con la tristeza. Y a la gente no le gustan las personas tristes. La muerte deja una especie de vacío interior y una pregunta sin respuesta, una inseguridad e incertidumbre que atormenta, como la idea, la ridícula idea de no volver a ver a esa persona. Da igual cuántos años tenía, a qué se dedicaba, en qué circunstancias murió. No importa que fuera algo esperado, que estuvieras preparada, o que fuera repentina. Todo eso da igual, porque nunca llegamos a ser conscientes de lo mucho que nos importa alguien hasta que se va. Que mi abuelo dejara de estar en el mundo fue algo que me costó asumir. Es duro saber que no vas a volver a verle, que no volverá a contarte sus historias, a presumir de nietas delante de cualquiera, a bailar algún pasodoble con él en las fiestas del pueblo, que no volverá a preguntarte reiteradamente por cosas de tu vida o, en mi caso, por ejemplo, me costó hacerme a la idea de que mi abuelo nunca iba a escucharme locutar en la radio.

Cuesta mucho acostumbrarse a una ausencia. Da igual el motivo.

He echado mucho de menos a mi abuelo este año, aún le echo de menos. A veces de manera inconsciente, simplemente pienso en qué diría ante ciertas situaciones, o me acuerdo de sus típicas frases y refranes. Todo eso viene solo a mi cabeza, me cae de repente, como un chaparrón. Un chaparrón que me inunda de tristeza. Sigo soñando mucho con él, me atrevo a decir que por lo menos una vez a la semana. Cuando escucho su nombre, hay algo que se me retuerce dentro. Cuando veo una foto suya y le veo sonriendo. Le recuerdo con nostalgia y también con alegría por todo lo que aprendí de él, mi abuelo es la persona más fuerte y con más vitalidad que he conocido, y lo digo en presente porque, aunque no esté, ha existido y existe aún en todos los momentos que compartí con él. Y le recuerdo con pena, con mucha pena, por todas las cosas que se ha perdido, y todas las veces en que nos ha faltado. Cuesta mucho acostumbrarse a una ausencia. Da igual el motivo. Cada uno vive su duelo cuando siente que le falta algo. O peor, alguien.

En este año de duelo íntimo y casi en secreto, he aprendido muchas, muchísimas cosas. Que tenemos una gran capacidad para soportar situaciones difíciles, que esforzarse tiene al final su recompensa, que la gente habla mucho y escucha poco, que lo que no se nombra se muere, que no se pueden forzar relaciones que están rotas, que no hay que vivir como si solo hubiera vacaciones en agosto, que el mundo es un sitio frío y cruel, pero a veces es maravilloso; que tener sueños tiene un coste muy alto, que nunca se es del todo feliz, que la suerte no existe, que cuando alguien te aprecia de verdad, te quiere y te soporta hasta cuando menos lo mereces, que echar de menos duele tanto como empezar a echar de más, que no se puede luchar contra una misma porque la única que pierdes eres tú, que exigirte más de lo que debes te acaba trastornando, que hay que cuidar a los que quieres cuando los tienes, que nunca se sabe cuándo será el último abrazo, que no es un carpe diem, es que el tiempo que vivas merezca la pena, que si todos los días empiezan a parecerte iguales va siendo síntoma de cambiar algo, que muchas veces necesitamos ayuda y no sabemos pedirla, que el orgullo es la peor de las armas y la peor de las muertes, que un te quiero a tiempo salva de muchas caídas, que la verdad duele, que lo que piensan de ti no es en realidad tan importante, que perdonar es no volver a recordar lo que me hiciste, que perdonarse es mucho más difícil que perdonar a los demás, que nunca se supera del todo la muerte de alguien que quieres. Pero sobre todo he aprendido que no se puede huir del dolor, no se puede evitar.

Yo empecé a huir del dolor al sumergirme en otras rutinas. Inicié una guerra contra mí misma, de infravalorarme y humillarme para intentar ser mejor, machacarme internamente, exigirme hasta el límite. Dentro de mí, guerra civil. Yo, contra todo mi dolor, todos mis traumas. Y ahora lo veo claro: yo fui la primera en evitarme el duelo. Porque, como a todos los demás, a mí tampoco me gusta ser una persona triste.

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