Una familia de Soria

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En la literatura toda frontera legal acaba por ser una frontera moral. En la escritura, las fronteras son porosas, y quizás es por eso por lo que todo está permitido. No creo que un texto separe la ficción de la realidad. Un texto es tan solo una ficción (una representación, una desfiguración) de esa realidad. Una persona que se dedica a escribir no es un gran escritor o una gran escritora por necesidad, es tan solo alguien que no tiene muy clara la frontera entre lo real y lo que no lo es, y se toma en serio ese conflicto. Ahora que vivimos un confinamiento basado (legalmente) en la separación de lo que es dentro y lo que es fuera, la literatura vive un momento de confusión, porque ya no tenemos muy claras las fronteras entre lo real y lo imaginario.

Escribir tiene que ver con poner fuera algo que tenemos dentro. El problema es que, en cuanto ese algo sale hacia el exterior, ya no será nunca igual a como era antes. En el fondo, no hay tantas diferencias entre vomitar un texto y salir a la calle. Ambas responden a una necesidad casi física, que ayuda a ordenar ideas y a liberar espacio en los cajones. Entrar y salir de casa son actos que van unidos y, al igual que al escribir, dan forma a una cicatriz. Te abren, porque es necesario, te curan y, a continuación, una señal demuestra que lo que fue abierto ya ha sido cerrado.

No descubro nada si digo que lo que es dentro y lo que es fuera es una convención social. Si le damos la vuelta, podemos imaginar que ir a pasear al parque es estar dentro, y que cuando regresamos a casa, eso es estar fuera. Por tanto, en estos días de cuarentena estar en casa podría equivaler a ir al bar. Me consta que eso no es ficción: para muchos está siendo clavado. Por el contrario, bajar a hacer la compra o a pasear al perro podrían ser ejercicios domésticos, tediosos y aburridos, como limpiar. Así nos pasaríamos casi todo el día fuera y apenas un ratito dentro.

No creo que este ejercicio sea otra cosa que ficción, y eso, no nos pilla tan de nuevas. Cuando abrimos un libro aceptamos que estamos dentro de algo y, sin embargo, no podemos estar más fuera. Nos metemos en un cine para estar fuera de nuestra mente y en cambio estamos más dentro que nunca. En una sala oscura y pequeña. Podríamos trazar un mapa casero en el que cada zona fuera un lugar al que queramos ir. Así, nos encontraríamos a señoras yendo al baño mientras buscan intuitivamente la barra metálica del metro. Veríamos a chicas bailando en el pasillo como si fuera una discoteca y a padres en el balcón pensando que están en la cola del mercadillo.

Otra estrategia para confundir los conceptos de dentro y fuera es buscar espacios más confinados dentro de nuestra propia casa estos días. Por ejemplo, los armarios y los cajones. Podemos imaginar vidas que se escapan a nuestro control dentro de estos lugares, que es lo que hacemos cuando caminamos y vemos las luces encendidas de los ventanales del barrio. Al igual que nunca sabremos lo que ahí ha pasado, habrá cajones de nuestra casa que nunca abriremos y, el necesario misterio, permanecerá. Recomiendo dejar alguna zona de la casa sin explorar: podemos imaginar que allí vive una familia de Soria a la que no queremos molestar. Porque, lo cruel de estar dentro, es que nos está matando la imaginación.

Entre cuatro paredes parece difícil ejercitar la inventiva, por eso propongo que cada uno demos forma a nuestra familia de Soria particular. Todavía no nos hemos cruzado por el pasillo, y es que ellos me evitan porque también prefieren imaginarme. Y ya, puestos a saltar fronteras, enciendan la radio. No hay nada que ayude más a crear, que una voz a la que no ponemos cara. Pongan bigote y dibujen rostro a esas voces que se cuelan en sus casas. Con un poco de suerte, la familia de Soria saldrá al salón y se conocerán en torno a la ficción del antiguo transistor.

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