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Toy Story 3: Dios existe, y se llama Andy

Primera tesis: la trilogía de Toy Story está a la altura de cualquier otro famoso triplete de películas. Una altura muy poco inferior a El PadrinoIndiana Jones, que sigue siendo una trilogía pese a su intento de autodestrucción, pero superior a Regreso al Futuro y a la primera de Star WarsPorque estas tres películas hablan sobre algo muy sencillo y, a la vez, muy complejo: la vida.

Así de claro. Además, esta trilogía tiene la ventaja de que no presenta puntos débiles, no hay un film peor que los otros. De hecho, van ascendiendo en calidad desde la primera a la tercera y, lo que es más importante, en profundidad psicológica. Porque si las dos primeras tratan de sentimientos y aventuras más o menos anecdóticas, la tercera se revela como una obra maestra sobre la muerte y la actitud que se toma hacia ella. Sobre todo en el sentido religioso.

A Dios rogando…

Y ahí llega la segunda tesis: Andy, el niño dueño de los juguetes, es para ellos como para el ser humano Dios. Y es Dios en el sentido más judeocristiano de la palabra.

Para quien no recuerde la película, esta empieza cuando Andy está a punto de irse a la Universidad. Obviamente no va a necesitar más a sus juguetes —se podría decir que estos van a morir—  y tiene que tomar una decisión sobre qué hacer con ellos. Esto genera una natural angustia en Woody, Buzz y sus amigos de Matel. Así, mientras en la primera y segunda película Andy, desde ahora llamado Dios, es una figura protectora y querida aunque distante, es en esta tercera parte cuando cobra importancia. Es él quien decide qué va a pasar con ellos cuando pasen a mejor vida.

«Queridos hermanos…»

Y es en la dificultad de un trance así cuando los juguetes, desde ahora los seres humanos, adoptan actitudes distintas ante el problema. Porque es verdad que cuando las personas sufren una enfermedad o ven cerca la muerte de alguien cercano o de sí mismos, se replantean la idea de Dios y su relación con él.

Eso ocurre en los primeros treinta minutos de metraje. Los juguetes, al saber que van a morir, entran en pánico y parece que solo se les ofrecen dos alternativas. El cielo, representado por el ático de la casa, en el que serán libres de moverse y hacer lo que quieran por toda la eternidad, sin intromisiones. O el infierno, que aquí viene dado por el camión de la basura y la destrucción. Condenados a un final sin más, sin otra vida a la que aferrarse. Al olvido del que no tiene fe.

Páter Woody

Y es esa fe la que intenta inculcar Woody en estos primeros minutos, a modo de sacerdote juguetil. En la primera asamblea, a modo de misa, Woody les dice que Andy «siempre cuidará de nosotros, no dejará que nos lleven a la basura». O que el hecho de que Andy vaya a la Universidad «es algo por lo que todo juguete tiene que pasar, todos sabíamos que iba a llegar». No hay más preguntas, señoría.

Sin embargo los juguetes, escépticos ellos, no le creen. Y el castigo a su comportamiento, natural y humano pero con menos fe de la necesaria, es ir a Sunnyside. Un lugar que en principio es lo más parecido al cielo, pero que rápidamente y gracias a los juguetes veteranos y abusones, se revela como una suerte de purgatorio.

Porque es sabido que en la tradición cristiana el purgatorio es un lugar al que van los que están destinados a ir al cielo pero que, como su propio nombre indica, han de purgar sus pecados. Y que allí se pasa muy mal hasta que se llega al cielo. Se pasa mal de cojones.

Cualquier parecido de la basura con el infierno es pura coincidencia.

De eso se trata, pues. De sufrir viendo cómo te torturan niños de un año, cómo te pegan mocos, te pintan y te magullan, durante un tiempo determinado. Cómo hay que vivir bajo la dictadura de los juguetes que llegaron antes y hacer que estos reciban su merecido en la basura color rojo infierno. Y tras superar esta serie de pruebas, difíciles pero salvables, llegar al cielo en casa de una nueva niña que les acoge, como si fuera Dios metiéndoles de nuevo en su prole, en su rebaño. O que les da una nueva oportunidad, una reencarnación para ellos.

Diego Manresa Bilbao

Ingeniero y sin embargo cinefilo. Madrileño del año del Naranjito

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Diego Manresa Bilbao

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