Última jugada de la Superbowl de 2015. El quaterback de Seattle Seahawks, Russell Wilson, se disponía a hacer el pase con el que todo niño americano sueña. Apenas quedaban 25 segundos cuando recibió la pelota. Sólo 7 yardas (6.4metros) lo separaban de la gloria. Un pase fácil, de los que casi ni entrenas. La bola despegó de sus manos con suavidad, directa para Ricardo Lockette, cuando de repente un defensa llamado Malcolm Butler le arrebató el esferoide alargado y con él la victoria. Un jugador hasta ese momento que pasaba totalmente desapercibido y que gracias a esa acción tocó el cielo con las manos convirtiéndose así en el hombre de América. La sensación del momento.

Malcolm Butler, de familia humilde, nació en el Mississippi, en el sur de los Estados Unidos, entre Louisiana y Alabama, y se crió en un pueblo de 25.000 habitantes.

Cuando estudiaba en el instituto de su villa natal, participó en el equipo de atletismo gracias a sus impresionantes cualidades físicas que le permitían destacar en 100 metros y salto de longitud. Lo compaginaba con el fútbol americano, a pesar de jugarlo solo en su primer y cuarto año, algo totalmente insólito para alguien que quiere progresar y vivir de este deporte. En EEUU, jugar a algún deporte en el instituto es lo que te proporciona la posibilidad de conseguir una buena beca en la

universidad, que es por donde tiene que pasar todo deportista antes de llegar al profesionalismo.

Más tarde, siguiendo la tónica general, ingresó en la Universidad, pero fue expulsado en su primer año por temas relacionados con drogas. El objetivo de llegar a ser jugador profesional se desvanecía.

Empezó a trabajar por 7.25 dólares la hora, en el Popeyes, típico restaurante de fast food de estilo sureño, con la especialidad de la casa: un pollo frito muy popular en toda la región.

Años después consiguió ingresar en West Alabama, universidad pública sin mucha fama entre los deportistas de élite. Logró completar buenos años allí, era la estrella del equipo y muy querido entre la gente. Muchas veces llamaba al entrenador a la una de la mañana, después de estudiar o trabajar, solo para preguntarle cómo había ido el día, Malcolm siempre dice que su “Coach” fue de los primeros que creyó en él. Además de todo eso, sus compañeros de pupitre confiaban en él para que  les cortase el pelo, con lo que se ganaba unos dólares.

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Fuente: www.herosports.com

Abandonó la Universidad sin su título de Educación Física, algo que todavía le atormenta (ya que quiere ser un modelo para su comunidad en lo deportivo, académico y en lo que se refiere a comportamiento).

Ningún equipo de la NFL lo seleccionó para formar parte de su plantilla pero cuando todo parecía perdido, se le ofreció una prueba con los New England Patriots, uno de los mejores equipos de la liga. Malcolm aprovechó la oportunidad y en Mayo de 2014 le firmaron un contrato. Tras una gran temporada como novato, en la que aprovechó bastante bien sus minutos en el terreno de juego, su equipo se plantó en la final de la liga, donde ocurrió la citada jugada.

La organización de la Superbowl decidió darle el premio al mejor jugador de la final al mediático quaterback Tom Brady, marido de la modelo brasileña Gisele Bündchen pero éste consideró que el mejor no había sido él, sino Butler y le regaló la camioneta. Una Chevrolet que entregan al MVP. Como si Messi, le diera el premio a Mascherano.

Después vinieron todos los reconocimientos, reportajes, celebraciones del título, un  pasacalles por su Vicksburg natal montado en un autobús, hasta incluso se instauró en su antigua Universidad “el día de Malcolm Butler”  y un sinfín de entrevistas a las que nunca estuvo muy acostumbrado como la de justo después de la final, en la que prácticamente no fue capaz de enlazar tres palabras seguidas. Un chaval tímido.

Así aquel niño afroamericano del Mississippi se convirtió en leyenda y escribió su nombre en las letras de oro del Fútbol Americano y de la Superbowl, en definitiva, cumplió con el AMERICAN DREAM.

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Fuente: www.vicksburgpost.com

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