Cualquier espectador con un cierto criterio y memoria audiovisual puede ver que Stranger Things y Super 8 son lo mismo. De cabo a rabo. Un refrito basado en todas las referencias del cine de los 80 —en especial la casa Amblin— hecho con oficio y cariño, eso sí. Casi seguro que The Duffer Brothers, creadores de la primera, recuerden sus paseos en bici de aquella época. Y que J.J. Abrams, director de la segunda, llevara a alguna novieta a ver Los Goonies (1985) al cine mientras intentaba meterle mano.

Las dos obras poseen los mismos elementos. Una pandilla de nerds preadolescentes que se ven envueltos en una oscura conspiración con visos de holocausto auspiciada por el gobierno de Estados Unidos. Uno de estos inadaptados proviene de una familia desestructurada. El sheriff del pueblo ha sufrido una pérdida que le ha desnortado y los hermanos mayores de los bichos raros viven un triángulo amoroso entre arquetipos varios: el rebelde sin causa, la chica guapa y el rarito. Si a todo ello se le une la existencia de un monstruo de origen desconocido, apaga y vámonos.

Pero hay una característica que hace que se hayan convertido en dos cosas radicalmente diferentes y que una funcione mejor que la otra. La longitud debida al formato. Es bien sabido que las series —y sobre todo las que, como Stranger Things en su concepción, son autoconclusivas— se han convertido en películas de mayor tamaño. Y ahí radica la abismal diferencia entre una y otra. No es lo mismo contar algo en ocho horas que en dos. Y mucho menos en una historia que bebe de tantas fuentes y tiene tantas referencias como es ésta. Sí, es una historia, en singular.

Poli bueno, poli malo

Piensen por ejemplo en el personaje del policía en cada uno de los dos productos. En Super 8 es alguien que tan sólo intenta hacer el bien, y su trauma anterior únicamente queda reflejado en una cierta tristeza y en sobreprotección hacia sus hijos. Siendo un personaje principal, al estar contado en el tiempo que dura una película, acaba teniendo la profundidad que podría tener la madre del niño protagonista en Stranger Things, carácter residual en la trama televisiva.

En cambio, el policía protagonista de Stranger Things se nos presenta en la primera escena muriendo de resaca y con pocas ganas de ocuparse de la desaparición de Will Byers. En Super 8 se hubiera quedado ahí, con algún matiz. Pero, al poder contar su historia con calma, el espectador va descubriendo sus obsesiones y su pasado. Y dado que los Duffer van sobrados de tiempo, pueden ocupar parte del último capítulo en darnos flashbacks de su pasado y que de ese modo se pueda entender en cierta manera el trato que hace con el Dr. Maligno.

Sheriff Hopper, o cómo las apariencia engañan

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Lo mismo ocurre con el rebelde sin causa del tupé. En ocho capítulos nos da tiempo a saber que podría tenerla. O con la historia de Eleven, que mediante retrospectivas y una larga conversación con su madre, pues hay metraje suficiente,  podemos saber su origen.

También el que el metraje de Stranger Things sea mayor hace que su época de ambientación no suene a excusa para rescatar la nostalgia, sino que se pueda explicar e introducir un cierto contexto histórico. En Super 8, daba un poco igual la época en que ocurriera. Se podría haber llamado «mp4» o «.avi» y la trama no se resentiría. Pero a los creadores de la serie les da tiempo a hacer una breve reconstrucción del por qué ambientarla en los 80. Miedo al comunismo y a los peligros de las drogas setenteras. 

Cuestión De Tamaño

Sería injusto decir que el formato serie es siempre mejor que el formato película. No hay más que ver Las Aventuras del joven Indiana Jones (1992-1993). Y si nadie se ha atrevido a hacer una serie con El Apartamento (1960) o Casablanca (1942) no ha sido por falta de ánimo de lucro, sino porque cada historia tiene su formato ideal.

Nadie imagina que hubiera una segunda temporada de Casablanca

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De hecho, la espectacular escena inicial de Super 8 sólo es posible en una película. El mismo presupuesto para grabar dos horas u ocho hace que J.J. se pueda permitir lujos formales que los Duffer no pueden. Lo mismo se puede decir los efectos especiales que aparecen en Stranger Things. Palidecen ante los de la película. Sólo hay que ver al monstruo de cada una de las obras. Y aquí no es sólo cuestión de tamaño.

En definitiva, hay historias válidas para hacer una serie, y otras para narrar en película. Y en este caso la cuestión es decidir para cuántas temporadas de serie da el argumento de Stranger ThingsEs de esperar que la avaricia no rompa el saco.