Schiele, Mann y Freud: Europa en transformación.

Europa, comienzos del siglo XX. Por ahora, los nuevos tiempos traen aires de sofisticación, modernidad y cambio. Culmina la Segunda Revolución Industrial (1870-1914) y movimientos artísticos como el Fauvismo francés o el alemán Die Brücke sacuden los cimientos del arte como ya lo hicieran a finales del siglo XIX el Postimpresionismo, el Art Nouveau o el Simbolismo. Sobre la Historia ha oscilado siempre el tiempo como un péndulo; este es un momento de progresión.

Pero el péndulo se mueve con lentitud. La medicina continúa la lucha contra una mortalidad misteriosa, oculta en la vida cotidiana y todavía difícil de explicar. La psicología apenas si se ha independizado como campo de estudio experimental. La visión de la sexualidad humana, ya de por sí un concepto moderno, es compleja y a menudo contradictoria. Todo ello  inserto en el convulso marco político, histórico y religioso del momento.

Tal fue el mundo de tres destacadas personalidades de la literatura, el arte y la ciencia. Los legados de Thomas Mann (1875-1955), Egon Schiele (1890-1918) y Sigmund Freud (1856-1939) son muy distintos, pero los tres abordaron en sus obras aspectos como la sexualidad, la naturaleza humana, la enfermedad y la muerte en una sociedad.  

Egon Schiele, Thomas Mann y Sigmund Freud. Fuente: Wikipedia.

Schiele, la sexualidad sin ambages

Una mirada a la obra de Egon Schiele permite abandonarse a la fantasía vana de preguntarse si su genio intuía una existencia breve. Dedicó su vida al estudio, retrato y disfrute del cuerpo y sus placeres. Un trabajo talentoso y  original, todavía hoy difíciles de superar, influenciados por Gustav Klimt. La intensidad de su obra, en la que abundan el autorretrato, la desnudez y las poses alejadas del estilo clásico de mujeres en actitudes abiertamente sexuales le coronan como pionero del Expresionismo.

Mujeriego encarcelado por la presencia de modelos adolescentes en su estudio, Schiele encontró entre ellas a su musa: Wally Neuzil. Las vidas de ambos sucumbieron tempranamente a la enfermedad: ella, como enfermera en el frente y víctima de la escarlatina; él, junto a su esposa embarazada en una epidemia de gripe española. La relación sexual, espiritual y de vanguardia artística entre Neuzil y Schiele sobrevivió en los lienzos del austriaco.

Wally con una blusa roja y las rodillas en alto, Egon Schiele.

Mortalidad, cuerpos y erotismo en la alta montaña

En el seminario Bodily Desire, Desired Bodies, la académica Esther Bauer defendió que los personajes creados por, entre otros, Schiele y Thomas Mann pretendían “alterar las nociones burguesas de género, deseo y sexualidad”. Nadie como el autor alemán para diseccionar a la burguesía a lo largo de toda su obra y muy especialmente en La Montaña mágica (1924), inspirada en la estancia de su propia esposa en uno de los sanatorios característicos de la época.

En esta Bildungsroman, el verdadero motivo de la reclusión de Hans Castorp en el Berghof tiene nombre de mujer: Claudia Chauchat, la tentación tártara. Castorp concluye que la enfermedad “le concede la libertad”. Sin embargo, para Joachim Ziemssen, su primo, es todo un caso de rebellio carnis ante un exceso de celo. Su propia afección podría no ser más que “una metamorfosis del amor”, y sus síntomas un reflejo de dicha actividad reprimida. Todos conviven en un extraño universo en el que muerte y enfermedad existen junto al nihilismo de la alta sociedad. El despertar del protagonista coincide con la “bacanal de la muerte”: la Gran Guerra.

Memento Mori

Sigmund Freud y la revolución del psicoanálisis

Es innegable que la obra de Freud representó una inflexión en el estudio de la sexualidad humana. Con él llega la sexualización de lo social. Se avanza hacia una teoría de la psique humana que integraba las dimensiones fisiológica, psicosexual y social. La división de la mente entre lo consciente y lo inconsciente; la transición de lo primitivo a lo civilizado; del niño al adulto; de la bisexualidad infantil a la normalidad heterosexual. Freud tendía un puente entre la sexualidad del siglo XIX y la del siglo XX llamado psicoanálisis. Con ello hizo temblar los cimientos del principio victoriano de sexualidad reproductiva, así como la férrea distinción entre lo masculino y lo femenino.

Para Freud era fundamental la creencia en la civilización como producto viable únicamente a costa de la represión y regulación de nuestros instintos sexuales naturales. Una teoría cuya verosimilitud resulta difícil de establecer hoy.

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