En primer lugar habría que aclarar la diferencia entre “El tren Burra”, que originariamente se refería al tren Valladolid-Medina de Rioseco” y el resto de líneas que integraban los llamados “Secundarios de Castilla”, pero no es mi intención (como ya se vio en la primera parte:Sala de espera: estaciones del paramo) hacer un artículo exhaustivo, de investigación histórica, con datos estadísticos y citas de estudiosos de la materia.

Cualquier lector interesado puede indagar en la información histórica que tenemos. Y puede sorprenderse de la astucia y la tacañería de un empresario que invita a viajar gratis en su tren (pero sólo el viaje de ida, no el de vuelta) y se reserva ese “pequeño detalle” para cuando sus viajeros ya han completado la primera parte del viaje inaugural. Lo que se pretende aquí es hablar del tren y del paisaje que atravesaba. Del tren y la memoria que dejó. Sea “Tren burra” o no, lo cierto es que las líneas de vía estrecha que acabaron formando los Ferrocarriles Secundarios de Castilla”, una especie de tela de araña muy alargada y casi invisible que caía sobre los helados campos castellanos y, en algunas mañanas y tardes, brillaba como finísimos hilos de oro sobre el fondo azul y ocre del cielo y los campos infinitos, bien se merecen el honor de ocupar esta segunda entrega de “Sala de Espera” (y ruego al lector que me perdone esta súbita vena poética, pero el lugar lo reclama, y cualquiera que haya visto extenderse la plataforma del ferrocarril, recta y delgada, entre los inmensos trigales castellanos, con la tierra desnuda en el frío invierno, entre repentinos rayos de sol entre nubles oscuras, podrá entender y perdonar mi ramalazo poético).

Primero por su tamaño, más de doscientos kilómetros de vías. Segundo por su particularidad: su insignificancia entre el paisaje, su modestia constructiva, su austeridad elegante. No es un tren que atraviese altos montes ni grandes ríos, ni ciudades importantes ni otros lugares que sean muy conocidos por el público en general. Por ejemplo no es un tren que se tropiece con el Camino de Santiago, que cruza la meseta algo más al norte. No es un tren que te sirva para ir de Valladolid a Palencia, pues para eso está el de vía ancha, mucho más directo y cómodo. No llega a León. No llega a Zamora, ni siquiera llega a Benavente, aunque se pretendía. Casi todas las estaciones corresponden a pueblos pequeños. Sólo algunos pueblos grandes, como Medina de Rioseco o Valencia de Don Juan, pueden servir (o podían servir, mejor dicho), de reclamo turístico. El paisaje que atraviesa es llano y casi monótono. No tiene túneles, grandes puentes, obras de ingeniería destacadas. Es un tren al que le encaja perfectamente lo que Iñigo Domínguez escribió sobre el Transiberiano en la revista Jot Down:

Algo especial de este viaje es que no tiene nada de especial, salvo el viaje. Y si lo piensan ya no es algo tan habitual. Quiero decir, que no hay mucho que ver de monumentos y eso. Es un itinerario que no es turístico, al contrario, tiene escaso interés turístico. Vamos, que no se encuentran las clásicas cosas que buscan, que buscamos, los turistas. Y tampoco la naturaleza se ha entretenido en hacer nada de particular, es sencillamente inmensa y ya está, produce pocos sobresaltos. Es todo más bien anodino, rutinario, normal. Y esa normalidad tiene algo fascinante de observar, de puro espectáculo insólito. Porque es algo que nunca haces, ni en vacaciones, y mucho menos en vacaciones, un lapso de tiempo donde todo tiene la obligación de ser especial. Este viaje, en un cierto modo, puede considerarse como una gran pérdida de tiempo. ¿No es maravilloso?

Cuando leo esto pienso que los interminables bosques de Siberia no son tan distintos de los interminables campos de “Tierra de Campos” (nunca hubo un nombre más apropiado para una comarca). Aquí no hay mucho que ver, a simple vista de hecho no hay nada que ver, y sin embargo eso es lo interesante, es vacío del desierto que gusta tanto a algunos viajeros y aventureros y que cuesta entender, pero luego, una vez entendido, cuesta olvidar. Yo he visitado estas tierras de vacaciones, y cuando les cuento a mis amigos dónde he estado, lo encuentran “curioso”, “exótico”, “extraño”, uno más de mis muchos caprichos difíciles de explicar. ¿No has visto la catedral de León? Pues no. No he entrado en León ciudad (y qué conste que me encanta la catedral de León, pero no es eso lo que iba buscando). Ni tampoco me he ido a los Picos de Europa, ni a los Ancares, ni a ningún otro espectacular recodo de las montañas leonesas. Me he perdido por la inmensa meseta, donde no hay nada. Sólo algunos pueblos pequeños. Sólo un tren olvidado.

Un tren en el que ya no se puede viajar, y del que ya no quedaba casi nada (ahora se están recuperando algunos tramos como vía verde, lo cual está muy bien, pero que a los aficionados del ferrocarril como a mí nos deja con un cierto sabor agridulce en la boca), pero tenemos relatos de viajeros ingleses que pasaron por aquí en los dormidos años del franquismo (digo dormidos porque no parecía pasar nada, nada más que la vida cotidiana de gentes modestas, orgullosas pese a todo y muy adustas y desconfiadas al principio, si bien luego, cuando te aceptaban o dejaban de percibirte como una amenaza, se mostraban cordiales y muy sinceras), y esos relatos hablan tanto del paisaje como de la naturaleza de las gentes que habitaban ese paisaje. Son libros de aventuras ferroviarias, pero también son libros que nos hablan de un mundo, de una manera de vivir, ya desaparecida.

Para estos viajeros ingleses (no sé porqué razón, pero son los que más viajaron por aquí, o más lo contaron), pasar horas y horas entre campos desiertos, sin árboles, sin casas, sin nada más que un horizonte terriblemente estático, con muy pocos colores, los de la tierra (marrón, amarillo o verde según la estación) y los del cielo (del azul al rojo según el momento del día) , sólo con alguna pequeña parada en alguna estación modesta, con el silencioso ir y venir, subir y bajar, de campesinos y gentes del campo, personas calladas y modestas, con los animales nerviosos por el andén, con gallinas, pavos, cabras, ovejas, perros y gatos, con pesadas maletas desgastadas y extraños bultos en sus manos, horas y horas sin nada que destacar además de la rutina del propio viaje (como bien dice Iñigo Domínguez), cruzar en este trenecillo el sur de Palencia o el Sur de León, por ejemplo, no sería muy diferente a la experiencia que cualquiera de nosotros sentiría al cruzar Australia en tren, o al viajar hasta China en el Transiberiano.

Tenemos lo que nos queda. Otros viajes parecidos en otros trenes que aún funcionan. Podemos imaginar lo que se ha perdido. Tenemos huellas, señales. Las estaciones… Las estaciones de este tren son algunas de las estaciones más bonitas que se pueden ven en España. Son muy modestas, pero increíblemente elegantes. No son nada arrogantes, ni vanidosas. No pretender tener una categoría superior. Son tranquilas. Muy conscientes de su posición de estación de segunda, o de tercera. Pero al mismo tiempo muy orgullosas. Muy recias. Muy robustas y altivas. Son estaciones que dicen mucho de sus constructores, pero dicen mucho también de sus viajeros. Se enfrentan en elegancia al otro edificio que destaca en el pueblo: la iglesia. Compiten con ella, con las recias y sobrias iglesias de piedra, con sus campanarios renacentistas, herrerianos, tan modestos y elegantes como ellas. En estos pueblos de pastores y de campesinos, la estación y la iglesia se baten en duelo educadamente. Uno trae unas ideas , otro defiende un mundo, una visión del mundo.

No me extraña que algunos pueblos de la zona rechazaran la llegada del ferrocarril. Y cuando digo “rechazaran” no me refiero a actitudes individuales, a furibundas diatribas de curas fanáticos. No. Me refiero a acciones legales. A acciones colectivas y respaldas por la autoridad competente. Tenemos las actas de un ayuntamiento prohibiendo el paso del tren por su término municipal. ¿Por qué no querían estas buenas gentes el tren, generalmente considerado sinónimo de progreso y de desarrollo económico? ¿Lo consideraban un invento del demonio? Algo diabólico que echaba humo y chispas y parecía una hoguera andante capaz de causar cualquier desastre? La respuesta es más simple: el tren espantaba los rebaños. Y los rebaños era junto al trigo, la única riqueza, la única manera de sobrevivir, de los habitantes de estos pueblos.

Desgraciadamente la llegada del ferrocarril supuso el atropello de muchos rebaños, incluso de algún que otro pastor, demasiado despistado o horrorizado como para poder reaccionar a tiempo. Pero aún cuando no atropellaban al rebaño, sus pitidos y sus fuertes ruidos lo asustaban muchas veces, y luego el pastor tenía que buscar a los animales que habían salido huyendo, y tenía que recomponer el rebaño pacientemente. Esa era una de las razones del rechazo al ferrocarril, pero no era la única. Como pasa muchas veces, las ventajas que veían los industriales, los políticos, los intelectuales, no eran igualmente percibidas por las personas por cuyos campos iba a cruzar ese prodigioso invento. Y luego están los aprovechados, los que querían hacer una fortuna con la venta de terrenos, o con la venta de acciones, con la especulación, con la corrupción administrativa y los favores de los poderosos, o simplemente con la ingenuidad de los buenas gentes que no sabían lo que se les venía encima.

Se habla mucho de cómo llegó el ferrocarril, de cómo se tendieron las vías, de cómo transformó el país, y de cómo no llegó a transformar todo lo que tenía que transformar. Pero se habla poco de lo pasó en los pueblos pequeños, los pueblos alejados del resto del mundo, de los pueblos dormidos en su propio sueño de miseria y de ilusiones eternas.

Hay un libro que recomiendo: “Los túneles del paraíso”. Sobre la construcción de la línea de La Fregeneda, en la frontera con Portugal. Es una novela y su autor es Luciano G. Egido. Pese a ser una novela se basa en las fuentes históricas, en hechos reales, en los testimonios que nos han llegado de las personas que vivieron ese momento. Y se dice, entre otras cosas, que la construcción de ferrocarril significó la llegada de miles de hombres jóvenes a pueblos pequeños, de obreros, ingenieros, funcionarios y aventureros y que eso trajo consecuencias inesperadas. Como, por ejemplo, la aparición de la prostitución y la proliferación de los mal llamados (o bien llamados) “antros de vicio y perversión”, además del aumento de la delincuencia y, como no, de la conflictividad social. ¿Y qué pasó después, cuando toda esa gente marchó a otro lugar, cuando ya se acabó la construcción del tren? ¿Volvieron a ser lo mismo esos pueblos? No. Algo había cambiado. Y el paso constante y lento de los trenes de vez en cuando lo recordaba.

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