Sala de espera: estaciones del páramo

¿Cuánto tiempo hemos pasado en una sala de espera? Esperando un tren que casi nunca llega puntual. Todos los días, todas las semanas, todos los meses, todos los años… Siempre la misma estación, siempre las mismas paredes. Muchas veces los mismos pasajeros. Hemos ido al trabajo en tren, al colegio en tren, a la mili en tren, nos hemos ido del pueblo en tren y hemos vuelto cada verano, lentos viajes, con niños y maletas, las largas cuestas que nos sacan de los valles industriales, de las enormes ciudades de barrios monótonos, los repentinos túneles que nos abren al páramo, a la tierra reseca y dura de la infancia.

A pesar de la sed, el calor, el cansancio, el hambre y los huesos molidos por los incómodos asientos, miramos por la ventanilla con la mirada del que busca los signos conocidos: un campanario, una ermita, una gran roca. Con la alegría de ver a los que quedaron allí, en el pueblo casi vacío, de reencontrar a los que vuelven como nosotros (los otros emigrantes que, nada más pisar el suelo de la estación, dejan de ser emigrantes y vuelven a reclamar, con orgullo recobrado, el derecho a pertenecer  a un lugar, a una cultura, a una comunidad), el alivio y el dolor punzante de saludar entre susurros, otro año más, a los que solo permanecen en los nombres de las lápidas de un cementerio pequeño y pobre y en los agrietados retratos de las repisas de las chimeneas, las paredes desconchadas y los armarios sombríos.

¿Cuántas veces hemos matado el tiempo fumando o charlando, o contemplando el vuelo de los pájaros o viendo cómo empiezan a florecer los almendros? ¿Cuántas veces hemos perdido la paciencia porque el tren no llegaba y la novia esperaba en un andén desierto, en otra estación perdida en el roquedal, o cobijada en un bosque denso, o erguida con altivez entre campos de trigo, al final del camino que lleva al pueblo?

Y de repente, un buen día, aunque lo llevan diciendo hace tiempo, aunque lo dicen y lo comentan pero nadie se lo acaba de creer… de repente un día ya no hay más trenes, ya no hay más billetes, ni más pasajeros. De repente el jefe de estación se jubila anticipadamente y se mancha a su provincia natal, ese lugar remoto cuyo nombre parecía irreal, o se queda encallado en la cantina, o se quita el uniforme y se convierte en un ciudadano normal, sin una misión heroica que cumplir, sin ninguna prisa ni autoridad pero con la misma obsesión por la puntualidad y los reglamentos.

Y de repente todo se llena de naturaleza, todo es reconquistado por la naturaleza, y el recuerdo del ferrocarril se va borrando de la memoria de los niños. Y de repente sólo las víboras saben sacar partido de los andenes derruidos. Y uno, un día, una tarde cualquiera, uno llega allí y baja del coche y camina entre las piedras calientes y pisa la maleza ruidosamente y ni las liebres se asustan, porque hace años, hace siglos, que ningún ser humano pasó por aquel lugar. Y ya nada, ninguna foto, ningún cartel, ningún aviso, nada le recuerda que aquella era la sala de espera donde durante tantas horas espero un tren que casi siempre llegaba tarde. Menos el último día. Ese día llegó puntual.