Antes de conocer a Olga me gustaba contemplar el amanecer. Lo solía hacer después de acabar la noche del sábado como un campeón y cerrar el garito, «Sweet home Alabama» incluida. Me gustaba ver el sol salir sentado en el mismo banco, junto a la fuente que presidía el parque. Ese día no tuvo que haber sido la excepción, aunque es cierto que cuando me pegué la última gran farra todavía conservaba casi todo el pelo sobre los hombros. Tampoco existía la papada y la barriga se mantenía contenida por una timidez rayana lo patológico. Avisé a los chicos unas horas antes para darles la noticia me caso. Eso, según todos los cánones definidos por nuestra tradición cultural occidental, católica, y alcohólica; era digno motivo para montar una buena celebración. Tocaba cerrar el antro.

Solo conseguí reclutar a unos pocos habituales de los fiestones que, semana sí semana también, nos pegamos durante el lustro previo a la llegada de los cuatro jinetes del apocalipsis: parejas, hipotecas, mascotas, niños. Trazamos un plan muy sofisticado: cena en un chino. Desplazamiento a las calles más sórdidas del centro. Localización de nuestros antros y garitos favoritos. Objetivo final: ponernos como ratas. Mentiría si visitamos todos nuestros bares como hacíamos tiempo ha. A muchos no pudimos reconocerlos: otros nombres, otros públicos, otros ambientes. Nos preguntamos qué le habían hecho a nuestra ciudad. Culpamos al ayuntamiento, a los turistas, a la crisis. Nos negamos en redondo a aceptar la ausencia de espacio para nosotros ni para nuestros himnos acelerados. Las guitarras y los frenéticos tempos escuchados una y mil veces durante nuestra juventud habían sido sustituidos por ritmos latinos malmezclados con música electrónica. Nos emborrachamos igualmente.

La única diferencia estaba en las conversaciones: si antes nos preguntábamos con quién nos gustaría acabar follando, esa noche debatimos sobre problemas conyugales; y en lugar de poner a caldo a algún profesor o a los empleos basura que encadenábamos para pagarnos los estudios, la queja giraba en torno al típico compañero gilipollas cuya principal tarea era defender y aumentar su cortijo buscando aliados en el recto de algún superior encantado de conocerse. Por eso el anuncio de mi retirada del club de la soltería causó una pequeña conmoción: yo era su último miembro sin mácula en su expediente.

La noche no estaba siendo como me había imaginado. Según fueron pasando las horas gastamos los últimos cartuchos de nostalgia fiestera y a eso de las tres y poco, cuando cerraron los garitos, solo nos quedaba una opción, la última opción de siempre: el antro.

Fuimos en taxi. La discoteca heavy había envejecido tan mal, o peor, que nosotros. El lugar seguía siendo oscuro y tenebroso, decorado a base de cartón piedra. Pretendía emular el mismísimo infierno. En cambio, todo el atrezzo utilizado apenas podía prometer, en caso de incendio, una muerte agónica entre llamas y humo negro producido por la combustión del techopán. Si el local seguía abierto era, sin duda alguna, como consecuencia de un daño colateral provocado por la prohibición de fumar en espacios cerrados. Decididos a no ser menos que nadie nos propusimos aguantar, por cojones si hacía falta, hasta la hora de cierre. Los calimochos estaban compuestos en su práctica totalidad por vino junto a unos escasos cubitos de hielo. La presencia de Coca-Cola era testimonial. Las canciones eran las mismas. Los clientes me resultaban familiares. Más cascados, deformes, dañados por una vida a medio camino entre Peter Pan y Freddy Krueger. Había unos pocos chavales: eran como nosotros hacía veinte años. Y el como está motivado por su mala educación y por su comportamiento soez y borde. Su presencia constataba nuestra decrepitud: nos correspondía ceder el paso a los nuevos hijos del metal.

Es difícil reconocer y aceptar la situación, por otra parte lógica, de encontrarse fuera de juego cuando uno alcanza cierta edad y/o etapa vital. Ves con el rabillo del ojo cómo la línea formada por los defensas del equipo contrario está detrás tuyo y sabes que nadie va a pasarte la pelota porque si eso ocurre tu equipo pierde la posesión: algo completamente indeseable. Unos cuantos intentamos acercarnos a chavalas. No pasó de eso, de un acercamiento, eso sí, tragicómico. Escuché algunas conversaciones. Eran las mismas pero diferentes. Demasiado para un carcamal como yo: hasta el vocabulario había cambiado.

Pura labor de campo en el ámbito de la sociolingüística. No para andar de fiesta.

Casarse. Qué locura. Ni siquiera Olga, la afectada, lo sabía. Solo contaba con una decisión tomada y un anillo comprado. Este, por supuesto, se encontraba bien escondido en casa de mi amigo Máximo. Maxi era de fiar: no bebía, no fumaba, no tenía ninguna mascota ni crío. Tampoco era muy aficionado a salir, ni ahora ni cuando éramos jóvenes. No se apuntó para celebrar algo que, por otra parte, le había contado unas semanas antes. Lo de la boda lo sabía muy poca gente: tan solo él, mis colegas, y unos cuantos mocosos y guiris a los cuales les importaba tres cojones mi futuro matrimonio. A nadie le importaba que el tipo ese, medio calvo, fondón y que les sacaba mínimo una cabeza a casi todos estaba ilusionado por echar una firmita en el juzgado: no valía ni para colgarlo en las redes sociales. Si acabara vomitando sobre la novia durante el bodorrio, tal vez sí, eso sí sería interesante. Hacerlo en una discoteca era algo relativamente común. En la calle, siendo esta ciudad como es, algo así solo puede provocar alguna molestia al desgraciado con la mala suerte de pisar la pota o al barrendero cuya digna y siempre olvidada profesionalidad le obligue a cumplir con su higiénica obligación.

Debido a la ingesta masiva de alcohol ignoramos nuestro ridículo intergeneracional. Fue flotando en la nube cerveza y calimocho como llegué hasta el cierre bastante aturdido, con la garganta reventada tras pasar toda la noche coreando viejos himnos y el estómago tocado pero no hundido. Todo esto me salió en cuanto entré en el parque tras ver a mis colegas irse para sus respectivas. Vomité. Me dolía la garganta, y en mi banco, el mismo banco cercano a la fuente donde me gustaba sentarme a ver el amanecer, cuatro niñatos: tres estaban sentados sobre el respaldo del banco, un cuarto plantado ante los otros. Música repetitiva de fondo. Parecían cortados bajo el mismo patrón. Se estaban pasando un canuto y los sentados escuchaban al cuarto encadenar rimas obscenas siguiendo el beat marcado por la música. Llevaban gorras y chándales chillones.

Les iba a echar a patadas de mi banco, como en los viejos tiempos. Me quedé a una distancia prudencial.

Tal vez, pensé, ya encontraré otro momento más adecuado para sentarme en mi banco.

El cielo empezaba a clarear. Perfecto, me dije, ya he encontrado mi excusa: si estaba en el parque era para ver el amanecer y si no podía ser en el mismo banco me tendría que conformar, porque si bla, bla, bla. Burda cháchara autocompasiva. Me senté en un banco cercano. Sí, era bonito ver el sol subir por entre los edificios grisáceos y cuyas ventanas estaban escondidas tras toldos color verde oliva, pero no tan bonito como lo recordaba. Quizá no lo hubiera hecho tantas veces, y fuera circunstancial: una forma de matar el tiempo esperando sentado a que se me bajara un poco el ciego y para evitar encontrarme con mi padre. O porque la panadería del barrio abría a las seis todos los días, los domingos incluidos, y aprovechaban ser los únicos abiertos para llevarse crudo el pastel de los resopones ofreciendo pizzas a los últimos guerreros en su desordenada retirada desde los garitos más infectos hasta sus refugios diurnos.

Es decir, el romanticismo del banco y el sol y la madrugada solo servía como excusa para ceder el paso a la primera oleada beoda en su asalto y asedio a la panadería.

Eso tenía más sentido.

Empecé a pensar en pizza. Y en comprar cerveza.

Tenía hambre. Tenía mucha hambre. Pero había que hacer tiempo.

Me levanté y me puse a caminar dirección al «paki». Llevaba abriendo a las seis de todos los domingos desde hacía la tira. Era el mismo pakistaní a quien la ciudad vampírica le vendió el permiso de residencia a cambio de su juventud y su sangre. Por otra parte el negocio seguía siendo el mismo. El único cambio ocurrido era en los envases, en los colores y las formas de las latas. A veces llegaba algún producto exótico, como esas bebidas con frutas imposibles importadas de allá donde Jesucristo perdió la zapatilla. Elegí la cerveza más barata. Pagué al dependiente. Los años lo tenían hecho un despojo: tenía las secuelas de varios atracos y jornadas maratonianas. Se podía leer su historia en sus arrugas, pelo canoso y en sus cicatrices navajeras.

De allá caminé hasta la panadería pensando en la pizza. Pensar en la pizza en particular me llevó a reflexionar sobre las pizzas en general. Siguiente salto: el evento pizza y peli semanal. Olga y yo cenábamos pizza casi todas las semanas. Los jueves se había convertido en el día dedicado a ver una película y cenar pizza. Unas pocas veces la hacíamos nosotros, masa y todo. En cambio, la mayoría de las noches nos derrotaba la pereza y terminábamos pidiendo por teléfono. Una o dos, según lo hambrientos que estuviéramos. Y refrescos. Pasamos por todas las franquicias instaladas en el barrio. Habíamos probado y comparado nuestras pizzas favoritas. Ella sentía predilección por la carbonara. Para mí barbacoa, por favor.

En la panadería pedí la favorita de Olga.

No era gran cosa. Se trataba de una de esas precocinadas: tan solo necesitaba calentarse lo justo para convertirla en algo medio comestible. Me la dieron en una caja de cartón, la misma de siempre. Me terminé el litro y comprendí cuánto había cambiado mi vida desde que conocí a Olga. La noche, admití, había sido una mierda. Encadenar fiestas, cerrar discotecas, darlo todo hasta reventar, no era ya para mí. Sí, el cosquilleo en la cabeza y la embriaguez eran agradables. También lo era ver los jueves una película con Olga. Competir para encontrar la película más rara, o aquella lo suficientemente chunga como para desquiciar al otro. Nos lo pasábamos bien.

Olga me miró con mucha seriedad y no dije nada cuando le comuniqué que saldría con los colegas esa noche. Según le expliqué saldría a cenar y a ir de garitos con los amigos. No más: ni cerrar discoteca, ni ver amanecer, ni liarla como la lié. Ella me conoció cuando ya estaba próximo a no salir el viernes, el sábado y el domingo. Para cuando nos conocimos, mi época universitaria era, aunque fresco, tan solo un recuerdo.

Ahora, pensé, mi vida es ella.

Estaba preparado para darle el anillo.

Me levanté del banco, cogí la pizza y busqué un taxi. Di la dirección de mi amigo Maxi. Toqué el timbre. Varias veces. Maxi contestó al cabo del rato, tenía la voz dormida aunque se esforzó en dejarme bien claro que se cagaba en mis muertos. Primero me preguntó quién era el payaso que llamaba un domingo a las putas siete de la mañana. Después me preguntó qué cojones quería. Tras ello invitó a subir si a cambio dejaba de hacer el imbécil apretando una y otra vez el timbrecito del portal.

Subo hasta su casa. Su puerta está abierta. Maxi, con el pelo desordenado y ojeras tenía una cara horrorosa, como si hubiera dormido poco y mal.

Maxi se preocupó por mi salud mental cuando le expliqué mis planes.

—¿Cómo vas a darle el anillo ahora? Estás loco. ¿Sabes qué hora es?. A Olga no le va a hacer ninguna gracia.

Ese no era su problema. Así se lo dije. Había llegado el momento, expliqué. A veces uno siente la necesidad de hacer cosas así y entonces, insistí, ha de hacerlas cuando ha de hacerlas.

También me preguntó por la pizza.

—Qué pasa, tengo hambre.

Quiso saber por qué no nos sentábamos y nos la comíamos. Como le había despertado, dijo, por lo menos invitarle a desayunar, por las molestias.

No, contesté. Era especial. Carbonara, como le gusta a Olga.

Me ofreció un café, o una cerveza. Decliné su generosidad. Solo quería el anillo. Desistió, al final.

—Tú sabrás.

Esperé unos minutos. Tenía la caja entre mis manos. Ya debería estar fría. No olía a nada, como mucho a cartón. Leí el número de teléfono. Me costó identificar los dígitos. Tuve también dificultades para leer el nombre de la panadería y la forma del dibujo impreso en la caja. Levanté la mirada cuando Maxi llegó. Justo a tiempo para ver cómo ponía la cajita con el anillo sobre la cara del hombrecillo sonriente cuyas manos sostenían unas cuantas hogazas.

Me despedí y bajé hasta el portal. Abrí la caja de la pizza. Abrí la caja del anillo. Saqué el anillo. Lo puse todo lo centrado como mis sentidos distorsionados por el alcohol me permitieron. Volví a cerrar la caja.

Con mucho cuidado me puse la caja sobre la mano como si fuera un pizzaiolo televisivo y abrí la puerta. Maxi vivía cerca, nos separaban unas cuantas calles y el parque. Decidí ir andando. Su calle estaba desierta. Los semáforos alternaban colores. La ausencia de testigos motorizados dejaba a los STOP sin función alguna. Atravesé la calle sin mirar: tenía prisa, tenía cuidado, el camino más corto era el mejor, por mucho que implicara atravesar los cruces confiando en mi suerte.

Como estaba preocupado en mantener el equilibrio del conjunto formado por la pizza y yo mismo no me di cuenta mi error: me equivoqué al girar hacia la izquierda. Había tirado todo recto. A pocos metros había unos chavales cuya imagen me dio mala espina. A esas horas poco bueno se puede encontrar uno en la calle, y en aquella ocasión había alguien, yo, con un «róbame» pintado en su cara y cuyas manos sostenían una caja de pizza con un anillo dentro.

Di media vuelta esperando haber pasado desapercibido. Aceleré mi paso lo más que pude y me metí en el parque.

Allá me topé con los niñatos del banco.

Se callaron. Me evaluaron mientras la base seguía su bucle infinito. Miraron a la caja. Levanté la barbilla, caminé recto, concentrado en mantener la vista dirigida hacia adelante sin prestarles atención. Dijeron algo.

No quise prestarles atención.

Eran rápidos.

Me pidieron la pizza. Los volví a ignorar. Me rodearon.

Intentaron coger la caja. Con la mano libre los aparté. Apenas tendrían quince o dieciséis años.

Uno sacó una navaja.

—Dame la pizza.

—No.

—Que me la des.

—No.

Me rajó el brazo. Empecé a sangrar. Le di a otro con la mano abierta. Entre aquellos cuatro críos no sumaban ni media hostia bien dada. Ni en broma iba a permitirles cumplir con su capricho cleptogastronómico. Le pegué con la zurda en la cara a otro. Con la mano abierta a un tercero. El cuarto, quizá el más pequeño, miraba. El de la navaja se levantó y vino hacia mí. Me pinchó en la barriga.

Dolió.

Después me hizo un corte en el pecho, desde la izquierda hasta casi sobrepasar el esternón. Ese también dolió, pero no lo suficiente como para no poder reaccionar y encajarle mi puño justo donde el imbécil tenía los morros.

La navaja cayó al suelo y le di una patada que hizo que el arma se perdiera entre unos setos cercanos. El chaval se llevó la mano a la boca. Las miró: estaban ensangrentadas. Vi pánico y dolor, un dolor intensísimo, en su expresión. Le había roto un diente. Gimoteó. Amenacé con volver a meterle. Huyó como pudo. Sus compinches huyeron con él.

Había salvado la pizza y el anillo.

Me costó dios y ayuda llegar hasta la puerta de mi portal. Abrí y me metí en el ascensor. Tenía un aspecto horroroso: mi camiseta estaba rajada y ensangrentada, mis nudillos estaban hinchados. Mi cara estaba también manchada por la sangre. Por si fuera poco, tampoco tenía buen aspecto: a la agresión debía sumarle las secuelas habituales tras haber estado toda la noche en vela y bebiendo vino barato.

Pero le iba a pedir matrimonio a Olga de una forma que ella jamás olvidaría.

Abrí la puerta, entré en casa, crucé el salón y abrí la puerta del dormitorio con violencia. El portazo sobresaltó a Olga.

No recuerdo nada más.

Cuando desperté estaba en una cama desconocida. El sitio parecía ser un hospital. En la mesita auxiliar había una nota. La letra era de Olga. Me dejaba. Estaba cansada: de mí, de mis tonterías, y sobre todo estaba cansada de oírme recordar mis viejas batallitas universitarias, como si ella y lo que habíamos construido no importara nada. Confesaba en la carta su aversión por las pizzas, pero fingía porque me hacía ilusión malgastar la noche de los jueves siempre con lo mismo. Pero el colmo fue el numerito después del numerito del anillo. Gracias a la que lié, a la sangre y a la pizza, comprendió que no quería envejecer junto a alguien como yo.

Bueno, pensé, al siguiente jueves no tendría por qué estar obligado a cenar esa mierda de pizza carbonara que tanto le gustaba a Olga.

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