Arquitectura del poder (I)

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Es difícil definir el propósito general que puede tener la arquitectura. Históricamente podría bastar con una acepción parecida a «el arte de construir». Sin embargo, el significado actual es más complejo, intrincando elementos puramente técnicos con otros que se alejan de esto. Algunos quizá la consideren como «la modelación del espacio» o «una mediación entre espacio y persona». Le Corbusier la llegó a definir como «el juego de volúmenes bajo la luz». De la manera que sea, lo cierto es que actualmente en la profesión se mezclan temas específicos de la arquitectura con conceptos propios de otras disciplinas como la sociología, la psicología, la antropología o la política.

Lo que sí hace muy claramente la arquitectura es expresar. Y, caída en manos aviesas, también muestra poder. La clase dirigente siempre se ha servido de ella como herramienta para intentar transmitir un pensamiento determinado, dar una sensación de hegemonía o superioridad o incluso infundir miedo en un grupo poblacional.

Suele haber ciertas invariantes en el lenguaje arquitectónico de regímenes totalitarios, que se traducen en edificios muy masivos, clásicos formalmente, de materialidad contundente y desproporcionadamente grandes. También estas claves se reproducen en la forma de entender y ejecutar el espacio urbano, adaptándolo a intereses políticos de cada gobierno en particular y donde el denominador común está en consonancia con el anterior. Son intervenciones exageradas en magnitud, espacialmente rígidas y poco cómodas para el ciudadano de a pie.

Ideología manifiesta

Durante el régimen de Stalin se proyectó entre otros el Palacio de los Soviets, el cual nunca se llegó a construir porque en esa época no se disponía de la técnica necesaria. Se trataba de un edificio titánico, con el cerramiento exterior a base de bloques de piedra que estaba coronado por una estatua de Lenin de cien metros de alto con un brazo extendido. Hitler también hizo lo propio con edificios como la Cancillería o sus proyectos de grandes avenidas para Berlín que se utilizarían con fines castrenses, para la pura exhibición de su poderío militar.

Antiguo edificio de la Cancillería

La relación espacial del antiguo edificio de la Cancillería con el ser humano es tan desproporcionada que, unido al temor que causaba el partido nacionalsocialista, causaba una gran impresión en la población

Al contrario de lo que pueda parecer, no hubo tanta diferencia entre los proyectos soviéticos y los nacionalsocialistas. De hecho, en concepto, forma y materialidad eran bastante parecidos, solo pudiéndose diferenciar por la estrella roja de cinco puntas y la hoz y el martillo en un lado o por el águila y la esvástica en el contrario.

Esta realidad desemboca inmediatamente en la pregunta de si existen edificios propiamente nacionalsocialistas o socialistas. No se halla ninguna cualidad arquitectónica -no ornamental- que lleve a distinguir uno de otro. En la exposición universal de París de 1937 participaron, entre otros países, la Unión Soviética y la Alemania nazi. Ambos pabellones se emplazaban uno frente al otro, y los dos podrían haberse confundido de no llevar tan a la vista la ornamentación ideológica de un régimen u otro.

Pabellones alemán y soviético en la Exposición Universal de París de 1937

Pabellones alemán y soviético en la Exposición Universal de París de 1937

La arquitectura en este contexto no se utilizaba como un medio para llegar a un fin, sino como un fin en sí mismo. El tamaño era más importante que las cualidades, materiales o espaciales. Lo que importaba era la presencia y el impacto.

Arquitectura con componente semántica

Quizá el interrogante análogo al anterior «¿existen edificios propiamente totalitaristas?» sería más sencilla. Se pueden apreciar claramente ciertas características comunes entre construcciones de ideologías aparentemente contrarias. Sin embargo, en todas las realizadas por regímenes totalitarios existen características comunes. La fuente de inspiración suele ser la arquitectura clásica, los órdenes antiguos, rotundos, relacionados con lo eterno. El nexo entre la arquitectura masiva y la idea de eternidad es muy potente, y esta vínculo se suele aprovechar. Además no es extraño apreciar que este tipo de gobiernos tiende a dejar de lado las vanguardias y los adelantos intelectuales -Hitler despreciaba la influencia y el movimiento que había iniciado la Bauhaus, al igual que Stalin el constructivismo-.

Casa Blanca de Moscú, actual sede del gobierno ruso.

Casa Blanca de Rusia. Ubicada en Moscú, es la actual sede del gobierno ruso y fue construido a principios de 1960

La simetría axial académica, lenguaje clásico en la composición, uso de elementos de tamaño monumental y de materiales pétreos o masivos son una constante en este tipo de construcciones, con una fuerte componente semántica relacionada con la inmovilidad y eternidad, frente a la ligereza e invisibilidad del acero y vidrio utilizados en los movimientos de vanguardia coetáneos.

Sería no obstante absurdo el referirse únicamente a la arquitectura en contexto de poder político atribuido únicamente a los regímenes dictatoriales o totalitarios, o a la arquitectura de épocas pasadas. En gobiernos actuales también ocurre esa prostitución de la arquitectura como método para exhibir la potencia económica de los poderes fácticos. La diferencia radica en que aquí no se es consciente de esa connotación, disfrazándola de términos algo generales y ya manidos, como por ejemplo el de arquitectura moderna, para intentar enmascarar ante la población el verdadero significado de una obra en concreto.

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2 comentarios

alvaro riccardi Sep 28, 2016 - 5:27 pm

Muy buen artículo de Borja. Mientras lo leía recordaba la película «Olympia» de Leni Riefenstahl. Por su parte los soviéticos con sus películas en dónde no había protagonistas, con un montaje fuertemente intelectual producían films que enfatizaban el drama coral de las multitudes. La reflexión que de todo ello me provocade apuntaría a preguntarme: cuál sería el lugar o espacio dónde se expresaría lo más individual o lo que nos diferencia del grupo, lo que nos distingue como personas únicas e irrepetibles, quizás lo que nos genera la ilusión (?) de la libertad. En estos regímenes obviamente no habría espacio personal.

Responder
Borja Sáez-Dios Oct 7, 2016 - 12:55 pm

En primer lugar Álvaro, gracias por leer el artículo y animarte a participar. Sí es cierto que el texto recuerda a Riefenstahl como es normal, la manipulación de las masas y el poder la arquitectura se mostraba mucho en sus producciones. Las películas de la cineasta también tenían técnicas y montajes innovadores para la época, diferente al montaje soviético por supuesto, pero han sido controvertidas debido a la ideología política que se mostraba en ellas.
Debido a la fuerte presión política, el único espacio personal que podía darse era el de la intimidad de cada persona o familia, como mucho. En estos regímenes no había cabida a la diferenciación del individuo frente al grupo, el espacio público puede que fuese público por definición pero no lo era en realidad, no estaba proyectado como lugar de encuentro para los ciudadanos, para usarlo libremente al entendimiento de cada persona, sino como espacio para que el régimen de turno se manifestase de la forma que creía conveniente. Como bien apuntas, en estos casos no había espacio para el individuo.

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