“Porque soy tan cobarde como él y como tantos otros que a estas horas, en mi pueblo, estarán diciendo bajito para que no les oigan: esto es una salvajada, un derramamiento inútil de sangre, así no se construye una patria. […] La gente acudirá a la siguiente manifestación a favor de ETA, sabiendo que conviene dejarse ver en la manada. Es el tributo que se paga para vivir con tranquilidad en el país de los callados”. En los tiempos de la lucha por el relato Fernando Aramburu presenta en forma de novela la barbarie del terrorismo etarra.

Patria es la historia de dos familias guipuzcoanas, amigas, casi hermanas, hasta que el áspid terrorista envenenó y separó sus destinos. Dividida en breves capítulos, con continuos saltos temporales, el relato adquiere el carácter de testimonio en pasajes donde los personajes usurpan la labor del narrador.

El par de matrimonios crece en un pueblo donde hasta las farolas son abertzales. Ellas pareja de misa. Ellos de mus y ciclismo. Ninguno interesado en política. Años más tarde todo habrá cambiado. Tras la tregua de ETA, Bitorri decide volver a su pueblo, del que marchó al enviudar de Txato. Cuando Miren, su antigua amiga y madre de uno de los condenados por el asesinato de Txato, se entere, lo considerará una provocación.

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Miembros de ETA durante el comunicado del cese definitivo de su actividad armada, 2011 || Fuente: Flickr.com

Aramburu: “Al criminal el olvido le viene de perlas”

La novela muestra la enfermedad de un pueblo. Txato aparece en el punto de mira etarra. Su pecado, ser el propietario de una empresa de transportes. La extorsión es seguida por pintadas como: “Txato txibato”, “represor”, “fascista”. O lo que es lo mismo, la muerte pública. El pueblo le retira el saludo. Se hacen silencios cuando pasean, tiendas que se niegan a atenderlos, e insultos desde ventanas. Otra pintada invitará al Txato a escuchar su destino: “TXATO ENTZUN PIM PAM PUM”. Y así será. Cuatro tiros, muerte, funeral sin gente del pueblo y ostracismo para los familiares.

Esta atmósfera envilecida es la que respiran los hijos de los protagonistas. Para aquella juventud, las protestas y manifestaciones eran un medio de socialización. Una especie de deporte. Alcanzar a alguien con una piedra era un gol. Incendiar un contenedor o un cajero te convertía en el jugador del partido. Terminada la función, tocaba comentar la jugada en el bar. Con el premio de una cena pagada al que hubiera logrado quemar a un policía.

La asistencia a estos actos, y a otros como las fiestas por las excarcelaciones eran, especialmente en pueblos pequeños, un compromiso social. El propio Txato, ya amenazado, aprueba que su hija se rodee de abertzales para evitar problemas. Otros como Gorka, un prometedor escritor euskaldun, hijo de Miren, se asfixia en este ambiente. Atemorizado porque unos u otros mancillen su arte con interpretaciones políticas, termina por refugiarse en cuentos de brujas, piratas y dragones, de los que acaba hastiado.

Tanto daño, tantas muertes. ¿Para qué? Para nada

En el infierno de la libertad, ETA fue dueña incluso de los muertos. Es la queja del padre de un miembro de la organización al que ni le dejaron preparar el entierro de su hijo. “Cogieron a mi hijo y montaron un numerito patriótico”.

Patria es a fin de cuentas una novela de condenados. A muerte, a acarrear el estatus de víctimas, y al fanatismo. Como Miren, una mujer que lloró la muerte de Franco, ahora abertzale radical por la militancia etarra de su hijo. Hasta este, Joxe Mari, tirando los mejores años de su vida en celdas andaluzas, siente haber sido parte de una gran estafa. Haber causado daño y muertes, “¿para qué?”, reflexiona. “Para nada”, se contesta.

Joxe Mari reunía en su adolescencia el perfil de ingreso a un grupo radical. Juventud, ignorancia y pasión por la violencia. Un chico sin ideas propias, ni ganas por encontrarlas, que repetía lemas como mantras. El héroe de una sociedad podrida. Hecho preso, una fotografía suya, en blanco y negro, presidirá tabernas y ayuntamientos. En las fiestas del pueblo, las charangas siempre dedicarán una canción al asesino . Y se llegará a sugerir si poner su nombre a una calle. Toda su aportación al progreso de Euskadi, acribillar a balazos a otros paisanos.

Aramburu también detalla otros aspectos como las brutales torturas policiales. Y la actuación de algunos curas bendiciendo los actos violentos y convidando a las víctimas a marcharse. Finalmente, el reencuentro entre las dos familias viene simbólicamente propiciado por dos enfermas. Una silenciada e inmovilizada pero totalmente consciente, y otra con las entrañas devoradas por el cáncer. Una abrazo que aun sobre las últimas líneas, se antoja demasiado temprano.

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