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Cainismo: una lacra en los partidos políticos españoles

Winston Churchill escuchó una vez cómo un joven parlamentario, durante una sesión en el Parlamento británico, señalaba a la oposición y decía: «Esos son nuestros enemigos». Ya veterano, el estadista inglés se dio la vuelta y contestó: «Nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás», refiriéndose a los miembros de su propio partido.

Churchill ya sabía lo que en poco tiempo aprende cualquier persona que se integra en un partido con intención de hacer carrera política. Que las grandes rivalidades, las grandes enemistades, los verdaderos odios, surgen bajo las mismas siglas.

Iglesias y Errejón, el enésimo desencuentro entre miembros de un mismo partido. || Fuente: topsy.one

Es algo que ocurre sobre todo cuando las urnas han dado la espalda. Ese «quítate tú pa’ ponerme yo» que empieza en las agrupaciones locales y sigue en los partidos a nivel provincial y regional, para terminar en las altas esferas nacionales. Una simpatía o un mal gesto, un puesto más arriba en una lista u otra, determina el acceso a las dos principales «drogas» del ser humano: el dinero y el poder.

En la cumbre de los partidos

Cuando las –continuas– luchas de poder tienen lugar en las bases de los partidos, no tienen más repercusión que en su área de actuación. Sin embargo, si hay dos grandes líderes que se enfrentan, se tambalea toda la organización. Y se crean facciones.

Dentro de los principales partidos, posiblemente en el que más veces ha ocurrido esto sea el PSOE. Unas veces con grandes «broncas», otras simples enfrentamientos en primarias. Buenos ejemplos en la historia reciente son los casos de Felipe González y Alfonso Guerra o Joaquín Almunia y Josep Borrell.

Pedro Sánchez y Susana Díaz. Eran otros tiempos. || Fuente: elconfidencial.es

Pero nada que ver con lo que está ocurriendo en la actualidad con los partidarios de Pedro Sánchez y los de la Gestora, personificada extraoficialmente en Susana Díaz. Una Díaz, que nadie lo olvide, que en su momento encumbró a Sánchez a la Secretaría General socialista gracias a sus delegados andaluces. Quién lo diría…

Tras el desbanco de Sánchez como secretario general y el tsunami socialista del que se han escrito mares de tinta, llega el momento de elegir un nuevo líder. Y deben hacerlo antes de que las posiciones entre la militancia se enquisten más todavía. Sánchez no tira la toalla, sin olvidar la candidatura de Patxi López, pero Díaz cuenta con la ventaja del apoyo de los barones y la maquinaria del PSOE. Aunque eso en este partido no quiere decir nada. Pueden preguntárselo, por ejemplo, a José Bono y su derrota frente a un desconocido José Luis Rodríguez Zapatero.

Fraga vs Vestrynge e Iglesias vs Errejón

El Partido Popular ha tenido muchas menos guerras de poder en la cumbre, sobre todo debido a su carácter conservador y a la ausencia de primarias. Pero también las tuvo, sobre todo a sus inicios.

Sin duda alguna el caso más llamativo es el de Manuel Fraga y Jorge Vestrynge (sí, el de Podemos). Fraga y Vestrynge eran los John y Paul de la entonces Alianza Popular hasta que se cruzó su Yoko, la «operación Chirac». Era la idea de Vestrynge de proponer a Fraga como candidato a la alcaldía de Madrid para que sirviera como trampolín a La Moncloa. Pero Fraga lo entendió como un intento de apartarle de la presidencia de AP y lo fulminó como secretario general.

Un joven Jorge Vestrynge junto a Manuel Fraga.|| Fuente: zoomnews.es

Por su parte Podemos, pese a su juventud como partido político, también ha tenido un sonado episodio de cainismo en los últimos meses. Sin embargo, la lucha de poder en la formación morada no se ha centrado en un «Juego de tronos» propiamente dicho, sino que su base ha sido principalmente ideológica. Bueno, más de formas que de fondo.

Finalmente, Pablo Iglesias y sus partidarios se han terminado imponiendo con gran autoridad a Íñigo Errejón y los suyos. El desenlace de un enfrentamiento que no se solucionará únicamente gritando «¡Unidad!» tras Vistalegre II. Iglesias decidirá y Errejón acatará. Así lo han querido sus militantes.

Mientras, Ciudadanos parece librarse por el momento. Nadie tiene el carisma que tiene Albert Rivera entre sus principales líderes. Pero la experiencia dice que solo hay que darle tiempo al tiempo.

Esto en las altas cumbres, porque en provincias los enfrentamientos son continuos, diarios y mucho más encarnizados. Envidias y rencores motivados por esas dos «drogas» a las que todos están enganchados. Después de la dosis de cada uno, ya habrá tiempo (si eso) de pensar en España y los españoles.

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