La despoblación, la España vacía, la España Vaciada, Teruel Existe… Son acepciones, términos logísticos, políticos, sociales, económicos, que oímos prácticamente cada día. No es casual que hace poco más de tres semanas la plataforma cívica turolense Teruel Existe sacará su primer escaño para instalarse en la poltrona de la cámara baja; y con mayoría en toda la provincia de Teruel, ojo. No nos llevemos a engaños, las diversas organizaciones, asociaciones y plataformas que luchan contra la despoblación, crecen como hongos. Son más los militantes/asociados, en las mismas, que habitantes en sus regiones. Claro… de lo contrario… ¡no existirían, qué cosas me digo!

Que la despoblación es un problema de largo recorrido y gran alcance es tan cierto como que hoy día, ahora mismo, en este preciso instante en que usted lee este artículo y se deleita con mis letras, están muriendo pueblos y comarcas… Tan cierto como que fenecen, al mismo tiempo, formas de vida, costumbres vitales y maneras de hacer. No quedan agricultores, ni ganaderos, ni serradores, no quedan animales, insisto: no quedan animales, ni callejeros ni domesticados. Por morir, ha morido hasta el paleto. Ya no quedan de esos en los pueblos. Ahora son rurales. Rurales con wifi. Rurales con cobertura. Rurales con wifi y cobertura que regentan casas rurales (¡cómo no!) semi vacías. ¿Infraestructuras? El alcalde considera que insuficientes, el diputado provincial (que por su puesto vive en la capital, ja) que mejorables, y el diputado autonómico (que por supuesto vive en la capital, ja) que suficientes y probadamente excelentes.

Las Castillas, Cantabria, La Rioja, vamos, Castilla, Aragón, exceptuando Zaragoza, el interior de Valencia y Castellón, desfallecen. Los desplazamientos hacia las grandes capitales han sido dramáticos y más correspondientes con un exilio bélico que con uno urbanita con el fin de “mejorar”. Especial, por lo catastrófico, son los casos de Soria, Teruel y Guadalajara. Seamos sinceros y no nos llevemos a engaños: nunca fueron regiones populosas ni populares. Y precisamente de dos de ellas (Soria y Teruel) surgen los movimientos antidespoblación que más ruido están haciendo y cometiendo.

Campo yermo para las letras, pensé. Listo para abonar, medité. Pero no, ¡qué va! ¿Y Delibes? ¿Es que Delibes no adelantó tiempo ha que su Castilla desaparecía? ¿Es que Pla no venía a reafirmarse payés (de lo que tenía poco) como convencimiento de su realidad? ¿Y Llamazares, Julio? Claro… a este le ahogaron el pueblo, tiene riles la cosa… Y se puso a escribir sobre ello. Y así comencé mi aventura con la literatura de las tierras muertas. “La lluvia amarilla” me deslumbró por la crudeza de algo totalmente desconocido para mí, habitante de los madriles. Y me quise acercar a Ainielle y hablar con Andrés, y sosegarle, y mentirle, y, y, y… comencé “La España vacía”. Sergio del Molino, gran descubrimiento. Gran preocupación la suya. Un tipo comprometido, que se dice ahora. Un tipo que ha hecho del título de su obra una expresión que se nos ha colocado en la punta de la lengua y no hay forma de escupirla. Es un gargajo. “La España vacía” ooo… ¡qué se yo! “¡Greta Thunberg!”, palabras, gargajos, que se cuelan, se apoderan de uno y se hacen parte de ti. ¿No han leído “La España vacía”? ¿No? ¿A qué demonios esperan…? Total, que así andaba yo, en mi desesperada andadura por las tierras de nadie, cuando tropecé con “Camino del peirón”.

Otra obra más, me dije. ¡Y un cuerno una obra más! “Camino del peirón” es, de momento, desconocida. Desconocida por ti, por todos nosotros y nuestros compañeros, y hasta por el autor. Pero no es una obra más. “Camino del peirón” no es una obra más porque YO la he leído. Y tiene mérito, cuidado. Lo tiene cuando su escritor, un tal G. Ortiz Ibáñez, no es conocido ni por sus progenitores, y el libro (únicamente en versión ebook) es uno más entre un millón de ellos en Amazon. Así que… tecleé en el buscador: “DESPOBLACIÓN” y me apareció una curiosa portada con una construcción fálica que, supuse muy avispado, sería el tal peirón. ¿Acerté?

Ah… ¡Lean! Sí, lean. Es digna de ello y de recomendación. Hice lo primero, hago lo segundo. “Camino del peirón” trata la despoblación desde la óptica de tres generaciones. A modo de diario, Tremedal, es un nombre, ¿vale?, Tremedal vuelve al pueblo para intentar “curarse” de una depresión (ríete tú del Prozac) y allí le espera su padre. Ese sí que mola. El viejo es un chow, el viejo se ríe de la corta vida que le queda y de la pavisosa de la hija y del nieto. El abuelo, con sus chascarrillos, sus viejos recuerdos y batallas de antaño, te abre los ojos de un modo esférico y colosal. Andrés, el mediaoreja, así le llaman, es tan divertido como cascarrabias, sincero y honrado.

¿Qué sigues sin ganas de leer? ¿Y si te digo que “sólo” tiene 150 páginas y te lo ventilas en una tarde como te descuides? ¿Más? No se me ocurre más… ¡Extasiado me dejó, chico! ¿Y es para tanto? Pues, probablemente, no. Pero como tan poco para tan poco (cuando me pongo con la redundancia, soy un artista), tan poco como para que no lo conozca ni el Tato y esté sumergido en la inmensidad del océano literario ¿literario? Sí, literario, de Amazon. Por ello, a modo de hermano franciscano, me propongo socorrer al paupérrimo y descubrirle a usted, sí, las tierras desconocidas de España y por qué no, “Camino del peirón”.

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