La música popular contemporánea brinda un especial papel a los desdichados. Es un ansiado ingrediente secreto. No son pocas las obras maestras concebidas tras la catarsis emocional. Ni es poco el rédito alcanzado. El final del camino es una interesante adaptación del Sermón De La Montaña. El “reino de los cielos” artístico es de los pobres, a sus propios ojos, de espíritu. No siempre es así a efectos reales. Cobra protagonismo esa mimesis aristotélica de una naturaleza zozobrosa a gusto del artista. Todo es poco para lograr la empatía de un público no menos desventurado.

Neil Young en una moto burra

Neil Young. || Chris Heald

No pueden entenderse los años setenta sin Neil Young. Comenzó la década en lo más alto. Atrás quedaron sus búsquedas de fama en Estados Unidos. Ya fuera con Buffalo Springfield o con Crazy Horse. Mención especial a su asociación con Crosby, Stills y Nash. Un éxito inconmensurable llegó a Young con el disco Harvest. Esta fama golpeó al músico sin posibilidad de defensa. Llegaron los auditorios llenos. La presión desde todos los frentes. La tentación de tomar el camino equivocado. Dio paso a un periodo de dos años conocido como la trilogía en la cuneta.

El tiempo se esfuma

La promoción de Harvest sirvió como embrión para la terapia de Neil Young. Reunió a varios músicos de country bajo el nombre de Stray Gators. La gira contó con canciones inéditas y descartes del estudio. Varios temas se recogieron más tarde en un disco. Aquellos conciertos supusieron un completo fracaso. Bajo el nombre de Time Fades Away, quiso ser el peor trabajo de Young. Se desentendió por completo de su existencia. No fue el caso de la crítica. Periodistas como Robert Christgau, del Village Voice, dieron la máxima nota al trabajo.

Varias fueron las razones que fundamentaron esta deliberada travesía por el desierto. Una de ellas, la muerte de Danny Whitten, guitarrista de Crazy Horse. Los demonios atormentaron a Neil Young tras aquella sobredosis. Plegarias como “The Needle and the Damage Done” no surtieron efecto. Más tarde vino el deceso de Bruce Berry, técnico de la banda. Una vez más culpa de la heroína. El canadiense buscó cobijo en el tequila. Colegas como Crosby o Nash tuvieron que ir a su rescate. El nihilismo le supuso la honestidad más brutal. Así quiso Young que quedase escrito.

Time Fades Away reunió los ocho primeros latigazos. El grueso se grabó en la gira de 1973. Títulos como la homónima “Time Fades Away” dieron pistas del nuevo camino. Un relato cargado de hastío. El aroma a literatura beat impregnó el disco. Los temas tratados fueron la vacuidad del rock o el abuso de las drogas. Acompañó una producción quejumbrosa. Las guitarras abrasivas contrastaban con baladas al piano. El álbum contó con solos y coros de Crosby y Nash. Constituyó una pieza angular en la contracultura setentera de Estados Unidos. El antidisco en directo por excelencia.

En la playa

On the Beach salió al mercado en 1974. Ocupó desde el primer día un lugar especial para el seguidor de Neil Young. No sólo como el mejor de la Trilogía en la cuneta, sino como el más competente de su carrera. Compartió todo lo posible con su predecesor, desde el sonido áspero hasta la carga metafórica. El canadiense se desnudó ante el público. El disco recoge numerosas críticas a la fama y a la Industria discográfica, al gobierno de Nixon y a la desidia del fin de la época jipi. Un honroso trabajo del, para muchos, padre del grunge.

playa y neil young, con bebida

On The Beach fue un gran hit. ||
Rob Hogeslag

La misma portada del álbum recogió ese gusto por la alegoría: un periódico arrugado bajo la mesa con un titular contra Nixon. Fue bien conocida la animadversión del cantante por el expresidente desde la publicación del sencillo “Ohio”. Neil Young dedicó en “Ambulance Blues” duras palabras al del caso Watergate. La canción que pone nombre al álbum brilló como otra de las gemas recogidas. Un duro canto a la insatisfacción de tener todo y no tener nada. Un sordo grito en el desierto. La imagen de la playa ocultó reproches hacia el ostentoso estilo de vida de la Costa Oeste.

La noche de Young

Tonight’s the Night debió ser el segundo disco de esta Trilogía en la cuneta. Sin embargo, Reprise Records decidió retrasar su publicación hasta dos años. La razón fue clara: Neil Young lloró y dedicó a los desaparecidos Whitten y Berry el trabajo. Prueba de ello estuvo en el corte homónimo con la mención expresa al técnico. Asimismo, incluyó una toma en directo de “Come on Baby Let’s Go Downtown”. Sin duda, uno de los mejores ejemplos del buen hacer en directo. El canadiense contó con la colaboración de Levon Helm y Rick Danko, miembros de The Band.

No fueron pocas las críticas que compararon al disco con Blood on the Tracks. No es para menos. Tampoco desacertado hablar del Dylan canadiense. Desde la introducción de “Tonight’s the Night”, la crudeza fue evidente. Más aún tras mencionar al difunto Bruce Berry. Nunca antes un obituario ocupó el centro de un disco de rock. Los temas recogidos cerraron el leitmotiv de la Trilogía en la cuneta. El fin del verano del amor. La constante sangría de pérdidas por el abuso de sustancias. La inhóspita violencia que siempre ocultó la noche. Esa noche venerada por Young.

On The Beach de Neil Young

Portada de On The Beach, || Christo Drummkopf

Más tarde vinieron otros muchos discos. Neil Young volvió con Crazy Horse. Afrontó los ochenta con estoicismo. Volvieron los auditorios llenos. El protagonista firmó una de las mejores trilogías de la música popular. Frente al lujo de la carretera, Young escogió la cuneta. Abogó por los bajos fondos y las ambulancias centellantes. Nunca antes un artista resumió en veintiocho canciones cuán duros fueron los setenta. Nunca antes alguien dijo, de forma tan acertada, cuán frustrante es llegar a la playa y ver inalcanzables las gaviotas

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