El paraíso de las artes del marqués: Museo Cerralbo

Sumergirse de lleno en los últimos coletazos del siglo XIX puede ser una buena excusa para sumergirse en clásicos de la literatura. Benito Pérez Galdós, La isla del tesoro de Stevenson o quizás la poesía de William Butler Yeats. En esta época la inquietud por explorar nuevos horizontes es característica imprescindible de las novelas de aventuras pero también lo es la extrañeza ante lo que manifiestan los nuevos descubrimientos. Surgen conflictos con el pensamiento tradicional arrastrado que irrumpen abruptamente en los espacios líricos, abanderados con un realismo feroz.

Quizás el Palacio Cerralbo sea un buen lugar para resguardarse de la lluvia y soportar así la tormenta de oscuras nubes de las que se había alimentado el Romanticismo. Una suerte de locus amoenus de las artes.

Este edificio, además de reflejar el gusto decimonónico, comprende una de las colecciones privadas más importantes en España. Y posiblemente, la más completa entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sin duda, uno de los pocos ejemplos que conserva el conjunto decorativo y las obras que las estancias tuvieron en origen.

El Museo Cerralbo fue la última residencia familiar en Madrid de Enrique de Aguilera y Gamboa (1845-1922), aristócrata singular que supo recrear en las distintas estancias sus principales motivaciones personales. Miembro activo del partido carlista desde su juventud, se le concedería el título de Caballero de la Orden del Toisón de Oro en 1895 y el Collar de la Orden del Espíritu Santo un año después.

A comienzos del nuevo siglo, el Marqués de Cerralbo rescata una gran cantidad de piezas y costea, a la par que dirige, más de un centenar de excavaciones arqueológicas que donará a varias instituciones. Una intensa trayectoria se ve reflejada en la gran cantidad de objetos que recopiló durante toda su vida y que tras un largo proceso de reconstrucción, retoman la posición que les pertenece.

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Salón Chaflán del Piso Principal || Fotografía: Irene Merino Mena

Creación y voluntad decimonónica: el palacio-museo

Vagando por sus interiores uno puede preguntarse cómo alguien pudo establecer un orden frente a tal profusión de obras de arte, objetos arqueológicos, libros, mobiliario, enseres personales… Y sobrevivir en el intento. Tanto por la distribución como por ciertos elementos propios de una galería, se adivina la intencionalidad museística desde su concepción. No es de extrañar que el resultado supere las expectativas del sencillo habitar.

Ante la amenaza de que se disgregase la colección tras su muerte, Enrique de Aguilera legó a la nación española la mayor parte del inmueble con las colecciones que albergaba. Su hija política, Amelia del Valle, donará a su vez las obras de arte del piso entresuelo. Posteriormente, será el Estado quien adquiera estas dependencias restantes.

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Salita imperio del piso principal || Fotografía: Irene Merino Mena

Juan Cabré Aguiló asumirá el cargo de primer director del museo, llevando a cabo un inventario pormenorizado y una descripción de las salas del piso principal. Le sucederá en esta tarea en la planta entresuelo la marquesa de Villa Huerta. Estos inventarios serán de inestimable ayuda poco después.

La Guerra Civil marcará un antes y un después. El almacenaje de las piezas por el peligro de bombardeo e incluso, el traslado de San Francisco en éxtasis de El Greco a Ginebra, son medidas que obligarán a realizar una ardua tarea de reubicación y montaje a posteriori. La recuperación de las estancias será parcial y solo posible gracias a estos inventarios.

También se llevarán a cabo reformas para adaptar las pequeñas dependencias del piso entresuelo a las necesidades espaciales propias de una galería. Los criterios y la percepción del siglo XIX propiciaron su readaptación a la vida cultural propia de ese momento. Como consecuencia, las obras se trasladaron y adecuaron bajo las premisas de la didáctica y la seguridad de la colección, descontextualizándose.

La recuperación del espíritu y ambientes originales

A finales de los noventa, se realizaron varias intervenciones de restauración y un trabajo de documentación basado en el inventario de Cabré. Sin embargo, no fue hasta comienzos del nuevo milenio cuando se empezaron a recuperar los espacios y dependencias para volver a reconstruir el aspecto que tuvieron en origen. La información de los inventarios, la documentación fotográfica y el profundo conocimiento de las tendencias de la época sirvieron para inaugurar de nuevo las estancias con el mismo criterio con el que habían sido concebidas. 

Desde el 2002, los trabajos de Lourdes Vaquero y Julio Acosta han seguido un protocolo de actuación determinado para conseguir reordenar las piezas. Partiendo de su valor como composición, la recuperación de la visión de conjunto de cada sala ha sido la máxima prioridad. De esta manera, se recuperan ciertos elementos que se habían dado por desaparecidos o se sustituyen por otros equiparables en características formales y funcionalidad, redistribuyendo fielmente todas aquellas piezas deslocalizadas según el inventario. A raíz de esto, se ha aprovechado la oportunidad para rescatar de los almacenes todos aquellos objetos que aún no tenían emplazamiento.

La recreación de los ambientes y la recuperación de estas relaciones armónicas en los espacios también se ven comprometidas con circunstancias asociadas a la funcionalidad del propio museo y a los criterios de conservación. En muchos casos es necesario sopesar entre la seguridad de las piezas y su contribución a la exhibición. Esto ha incluido en ocasiones la incorporación de réplicas modernas basadas en la documentación existente, interpretadas como reintegraciones a gran escala.

Un recorrido por la creación de Enrique de Aguilera y Gamboa

La intervención en el piso entresuelo se ha planteado desde la recreación en lugar de la recuperación. Esto indica que se han devuelto las piezas originales cuya presencia está justificada pero también se han añadido otras para completar los espacios. Son las procedentes de la colección Villa-Huerta y antigüedades procedentes del mercado.

En el salón amarillo, puede sorprender la presencia del papel pintado original del siglo XIX o la recreación al modo de las salitas de compañía en la salita eosa. Sin duda, no dejará indiferente al visitante la sobriedad con la que contrasta el dormitorio del marqués, recreado gracias al inventario y en el que se encuentra el sillón isabelino en el que el 27 de agosto de 1922 el inquieto aristócrata expiró su último aliento.

Por otra parte, la recuperación de la ambientación original en el piso principal resulta sobrecogedora. Durante el paso por las distintas habitaciones, se trasladan sensaciones similares a las que se despertaban en la época al sentirse invitado a recorrerlas.

Continuas exhibiciones del protocolo decimonónico arquetípico y alardes de lujo y confort se suceden. Como no podía ser de otra manera, lo exótico estará más que presente como herencia del gusto romántico. La sala árabe o el salón estufa están repletos de objetos de diversa tipología, consecuencia de los múltiples viajes que realizó el marqués.

En el pasillo de dibujos pueden encontrarse obras de diferentes escuelas nacionales e internacionales: Goya, Bayeu, José del Castillo, Salvador Maella, Manuel Salvador Carmona, Confortini, Pietro da Cortona, Palma el Joven, Tiepolo, Mellin, Willem van Nieuwlandt, Adriaen van Ostade o Jan Ykens.

Sala de columnitas del piso principal || Fotografía: Irene Merino Mena

Una de las estancias en las que resulta más evidente la afición por el coleccionismo del marqués es la sala de las columnitas. Muchos de los rasgos del siglo XVII se respiran en una estancia protagonizada por la multiplicidad de figurillas procedentes de distintas culturas sobre columnitas de múltiples materiales, recrean un espacio abanderado por la monumentalidad a pequeña escala. El barroco es el estilo predominante aquí, donde el mobiliario, las pinturas y la disposición revelan un elevado gusto por la tradición y la cultura. Por su parte, la salita imperio refleja el eclecticismo propio de finales del siglo XIX y se recrea en los estilos rococó, neoclásico e imperio como representación de lo exquisitamente femenino.

Gracias a la labor que los distintos profesionales realizan en pro del estudio y de la restauración, hoy podemos disfrutar de la mayor parte de las estancias. Desde la recreación de los espacios según el gusto decimonónico hasta su recuperación fidedigna cuando es posible.

Salón de Baile || Fotografía: Irene Merino Mena

Museo: paraíso de las artes

Y puede que, precisamente cuando comienza la lluvia, sea cuando más contraste se aprecie entre lo mundano que se respira en el aire viciado de la urbe y la maravillosa opulencia con la que nos recibe la Escalera de Honor. Ya desde la entrada, se pone de relieve el prestigio que un día tuvieron los moradores del palacio.

La contraposición entre lo gris y la solidez de la luminosidad del Comedor de Gala o el halo dorado que envuelve el Salón de Baile resultan embriagadoras. Las pinturas que interpretan en varios motivos la propia danza, los paneles de ágata de Granada, los mármoles de los Pirineos y el infinito esplendor historicista en los enormes espejos venecianos. La admiración enmudece al recorrer las galerías inmediatamente anteriores con pinturas como La piedad de Alonso Cano o la Alegoría de la Muerte de Pietro Paolini.

Sea cual sea la circunstancia, bienvenida sea la visita a este pequeño edén artificial: paraíso de la contemplación donde la belleza transciende al propio lujo. Experiencia vital y obra de uno de los personajes más influyentes de la transición de siglos. Un recorrido que constituye su legado más personal y que por fin, vuelve a habitar el ilustre Marqués de Cerralbo.