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‘El mapa del mundo del mundo más grande del mundo’ de Mikel Alonso Olano

No hay demasiada gente. El local es amplio y se siente un poco extranjero. Llega desde el bufet el olor a frituras, a humo apelmazado. Los que recogen las bandejas usadas llevan gorras, un pequeño delantal a cuadros blancos y azules. En la mesa de al lado se desean «merry christmas», sin cansancio, una servidora y dos clientes. La gente deja mucha comida al marcharse y a veces tiene el rostro contento y otras veces triste, un poco cansado en todo caso. El periodo de Navidad está requiriendo su esfuerzo, llevan bolsas de cartón y de plástico.

Él no tiene ningún deseo; su café con leche se va enfriando poco a poco. Ha llegado por casualidad a este lugar; porque tenía que ir al baño. No le ha parecido bonito, ni se lo ha parecido después de un rato. Cuelgan luces intermitentes del techo y hay en el hueco de una columna un montón de osos de peluche blancos, todos iguales, vestidos de Papa Noel. A pesar de ser peluches, tienen distintas expresiones en el rostro. Pero no están cansados; curiosos, atentos, felices. Soñadores y pícaros. La música es agradable y no está muy alta, por suerte.

Ligeramente aburrido, abre el mapa del mundo que acaba de comprar El mapa del mundo más grande del mundo, como reza la portada. El mar es azul celeste, sin distinciones. Los países morados, verde pistacho, verde bruma, rosa, naranja. Le sorprende ahora, al recontarla, la pobreza cromática. Es un mapa que merece más colores.

Comienza la búsqueda. Es un mapa gigantesco y no es fácil concentrarse; tiembla un poco desde arriba. Los nombres salpican y ensucian la tierra; no hay nada ondulado, nada profundo. Unas extrañas líneas rojas separan cada uno de los países, como un río de sangre. La línea roja es azul y más fina cuando los países limitan con el agua. Pasea su dedo por una de estas líneas. Poco a poco desciende; siente más frío, y luego algo más caliente. Conoce lo que sucede en estos casos. Se enrosca la bufanda, entrecierra los ojos. La música se va alejando lentamente, el humo de las frituras no es más que otra capa de nubes que se penetra en el camino. Todavía no hay aves ni aviones. El aire le estira los dedos.

Cae como una hoja de otoño. El punto concreto de la tierra ha sido presionado por una de sus líneas dactilares: La costa de Monrovia, Buchanan, Greenville. Parece haber dejado todo su peso en el local navideño donde su mapa yace desplegado junto al café con leche ya frío y el resto de las mesas, las bolsas de regalos. La gente lo mira, pero ya no está allí, ni siquiera su cuerpo. Sólo su peso sobre el mapa.

Ondula en el aire caliente africano, se deja mecer por las corrientes de aire que soplan desde el Atlántico. Cae junto a un león que mira las olas. El agua caliente trae espuma y le besa los tobillos. Está desnudo, el león parece meditar profundamente sobre sus patas delanteras. Es un león africano. El viento que viene del mar le revuelve la melena. Le hace pensar en su forma de león y él hace lo mismo. El viento revuelve también la melena de su cabeza y de su sexo. Miran la línea del horizonte. Son dos leones.

Sus huellas dactilares presionan de nuevo lentamente. A veces inclina el dedo y la uña araña la tierra y los mares. Se siente silencioso, el cielo tiene corrientes frías y calientes. A veces está desnudo y otras vestido. Llega a Nueva York y baja por las ventanas de un rascacielos. La gente tras los ordenadores le mira sorprendido. Un círculo de gente lo rodea en el suelo y una niña se acerca y lo besa. Los padres se disculpan, la alejan violentamente.

Él no tarda en alejarse. Cada vez más ágil e insensible a las corrientes del cielo. Gira por el norte y desecha el contacto con los grandes bloques de hielo, sobrevuela Siberia y luego salta hasta la India, da tres brazadas hasta el sur de América y descansa un rato en los brazos de un cóndor de los Andes Bolivianos. Olvida las montañas, se acerca a alguna playa. Estira con sus dedos el surco del Amazonas y casi queda manco por la dentellada de varios bravos cocodrilos verdes, bebe de una de sus cascadas; vuelve a subir y a bajar, visita en Buenos Aires la Bombonera, vibra con un gol injustamente anulado; se entrega a andar en bicicleta por una zona residencial muy aburrida de Pittsburgh, en alguna ventana escenas familiares: mesas y lámparas, niños con las mejillas rosadas y adultos con el rostro más amarillo. Toca el Colorado, reza ante una gran secuoya de California; se baña en el mar todo lo que puede, gracias a la aleta de un pez extraño visita los fondos marinos.

Sus dedos se acercan lentamente al sitio que ocupa en la tierra. Dubita un poco, busca con las rugosidades ligeras de sus dedos. El ambiente es más frío y la bruma está baja. Sabe que está por allí, sentado en uno de esos bufet-cafetería, y nota algo distinto: una emoción. Su ánimo se enciende, descubre la tienda donde compró el mapa del mundo más grande del mundo. Sabe que fue hace dos horas, tal vez tres. Siente deseos de entrar de nuevo, comprar el mismo mapa, hacer algo distinto.

En la sección de congelados elige un zumo de guayaba; busca la lista de ingredientes que no son muchos. Una chica anda por ahí, y después de mirarlo un rato le pregunta si está rico. Él no se desconcierta y le sonríe. Caminan un rato por las calles y prueban la guayaba, critican un escaparate; A veces se cogen de la mano, pero al soltarse sienten cierta vergüenza. La ciudad es cada vez más pequeña, dan vueltas y vueltas, sienten hambre. La gente compra y camina rápido. Bombillas de navidad cuelgan y los bancos de la calles están vacíos. No hay excepciones.

En la fila del buffet-cafetería eligen varias salchichas. Él puede verse, varias mesas más allá de espaldas, sobrio y digno, el mapa desplegado. Es la historia de siempre, la del hombre que viaja y vuelve del modo más inesperado, por un lado distinto del que se le espera; su yo del mapa mueve el pie derecho, lleva el ritmo constante y nervioso, pisando regularmente, como si fuese necesario para que todo esto sucediese. Es un pedazo de cuerpo como el suyo quieto, inerme, un mapa gigantesco desplegado de lado a lado, el café con leche ya frío sobre el cascote de Groenlandia. Él es la vivencia, el espíritu, aquel que ha conocido a esta chica tan dulce; es suya la vida pero deben de juntarse, siempre la misma historia, duda que pueda salir bien, como siempre, ella saldrá corriendo, ella le enseñará las uñas. Le señala aquellas mesas…

Al principio ella se queda callada porque no entiende. «El chico de la guayaba tiene un gemelo al que le gustan los mapas» – Eso podría pensarse, pero el gemelo no saluda; además eso no es ningún gemelo. El silencio es difícil. Aunque quiere decir algo, no lo consigue. Se sientan y comen las salchichas; ambos (el mismo) le rodean, el que conoce y el otro ¿!?¿¡! Prefiere no saber nada; comienza a hablar de las últimas películas que ha visto.

Él (el de la guayaba) coge su mano entonces, la mira a los ojos y le dice que se calle. Nota su brazo tenso y sus labios enrojecidos, excitados, llenos de miedo; querría besarla pero no es el momento.

– Shhhhhh -le dice

Ella lo hace. Su voz ha cambiado y le gusta mucho, más que antes incluso, es una voz perfecta. Persiguen un acantilado suavemente, sus ojos se van cerrando, él le susurra a veces algo; primero con cierta violencia, luego más suave. Un calor la invade. Viene la caída y se siente como una pluma blanca, balancea en el aire, poco a poco más grande poco a poco más grande, toca la punta del volcán con los labios, algo la quema por dentro, eructa como lava, se expande… Sigue con los ojos cerrados y se besan. El beso ha ido ganando fuerza y las manos sobre el mapa lo han ido arrugando, frunciendo los mares que se llenan de olas y corriendo las tierras que producen montañas, cráteres, alfombras de hierba escondida. Están lejos de las ciudades, como siempre, es un buffet-cafetería. A medida que el beso se calienta, ella nota que el volcán gana en consistencia, que el cuerpo del chico de la guayaba gana en solidez. Poco a poco se apoya más en él hasta que casi se tira por completo. Es un hombre fuerte. Al principio del beso no era así, pero al principio había dos y ahora que abre los ojos, se da cuenta de que sólo hay uno, el que besa, la punta del volcán, y la piedra, el chico de la guayaba con el que tiene previsto viajar y con el que también ha venido. Hay un mapa, el más grande del mundo.

Epílogo forzado:

Pero los mapas no son fáciles de manejar. La mirada les escuece al comprar los billetes en las estafeta de tickets, donde gente acomodada a la rutina les da señales de desconcierto: «No encontraréis nada más allá de estos adoquines y estos relojes convulsos». Una araña preguntona se ha descolgado del techo esta tarde fría de Enero, con preguntas y prismáticos. Su insistencia no es sobre su viaje, sino sobre la necesidad de su amor. Sobre la casualidad que implica caminar sobre un mapa que permite ser traspasado. Los juveniles mofletes de ambos se sonrojan amorosos. No hay billetes en sus manos, sólo la agradable sensación de pertenecer al mundo y todos sus caminos trazados y sin trazar. Deciden despedirse de sus trabajos, antiguos amantes, de sus objetos, animales, plantas, deciden pasearse por los lugares recónditos de su memoria donde plantaron medallas y monedas de uno. Todo el mundo se pone de pie. Hay algo solemne en la despedida, incluso monstruoso. La Navidad ha dejado las calles llenas de papeles estrujados por manos ansiosas o tranquilas, pero el suelo está lleno de envoltorios, que podrían ser como cadáveres de sueños que empiezan una nueva vida. Mientras caminan con el mapa en la mano, se sienten como regalos de otros que desplegándose, portentosos sobre sus archivadoras y bisagras de renuncia, desprenden lateralmente sus pieles finas y llenas de tesoros que ya no necesitan: diplomas, cartas, fotos, sabores, humores, frases incrustadas en la teología de las buenas intenciones.

Al final de la hilera del ejército, convulsa, que está contemplando la salida de esta última y penúltima partida, espera un hombre adusto y serio: un agente de viajes que juega al tarot a las noches, que cree en pocas cosas ya, excepto en abrillantar sus zapatos cada mañana. Sin embargo, es el hombre señalado para la ceremonia, el que les va procurar el toque de queda final, el golpe de espuelas para que crucen esa línea llena de pelícanos. Los dos enamorados ven sus ojos firmes a los lejos, como los ojos de una gran lechuza que cruza la noche de los tiempos, con su traje de franela blanca y sus pezuñas llenas de aparatos ultrasónicos para la migraña. «Hay una pasión escondida en este hombre que nos cortará la cabeza al darnos la mano»- le dice el chico a la chica, pero la generosa realidad es que reciben de su mano toda la fuerza y energía de dos billetes vitalicios a un fin del mundo que siempre se agita lleno de invitados, en este tipo de ocasiones solemnes en las que jóvenes amasan mapas, con facilidad pasmosa.

Giran y se despiden. Es un beso largo y continuado, como un eclipse del mundo. Una retirada de la luz.

Liverpool, 24 de Diciembre del 2005.

Mikel Alonso

jugador profesional de fútbol con una dilatada trayectoria en España y en Inglaterra, donde también he jugado. En este momento, juego en el Real Unión de Irún.

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Mikel Alonso

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