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Las tres magas: Kati Horna, Leonora Carrington y Remedios Varo. Historia de una amistad.

Una amistad puede nacer por motivos muy diversos que justifican la afinidad y la confianza que se siente hacia una determinada persona. Algunos ven en la equivalencia de gustos y costumbres un punto a favor. Otros, necesitan un acto de fe o un gesto clamoroso como señal de amistad verdadera.

Sin embargo, se podría aventurar a decir que no hay nada como las amistades forjadas a raíz de una experiencia traumática común: la guerra civil española, por ejemplo, la persecución nazi o el exilio.

La fotógrafa Kati Horna y las pintoras surrealistas Remedios Varo y Leonora Carrington compartieron todo eso y mucho más, porque por suerte la vida también reserva alguna sorpresa agradable. Sin embargo, es gracias al exilio forzoso al que se vieron sometidas las tres que esa amistad pudo tener su oportunidad de nacer. En el viaje encuentra entonces preludio la amistad de las así bautizadas “tres magas”: amigas del alma, hechiceras en la vida y en el arte.

Travesías: el viaje del exilio

Edwin Levick, Crowded ferries transported immigrants from transatlantic steamships to Ellis Island. | Fuente New York Public Library

Todo comienza con un viaje, una travesía que, primero la guerra civil española y luego el estallido de la Segunda Guerra Mundial imponen como única posibilidad de escapar el horror de aquellos años. Kati Horna fue la primera en emprender el largo y último periplo de su vida cuando en 1939 consiguió subirse al barco De Grasse que zarpaba del puerto de Le Havre rumbo Nueva York.

No estaba sola. La acompañaba su marido y compañero artístico, el ilustrador José Horna, recién rescatado de un campo de concentración en Argeles-sur-Mer. De él toma el apellido para que nadie pueda entrever en Katalin Deutch Blau su origen judío. La única prueba visual de ese viaje es un collage de recuerdos que la pareja hizo con fotografías del barco y un retrato de Kati.

Mientras Kati pisaba suelo mexicano, Leonora Carrington se encontraba en la localidad francesa de Saint Martin D’Ardeche, en una casa de campo donde residía junto con el pintor alemán Max Ernst. El avance de las tropas nazis interrumpió el idilio: Ernst fue recluido en un campo de concentración y Leonora, en el intento de encontrar una manera de liberarle, decidió cruzar la frontera española. En Madrid, y en contra de su pudiente familia que la quería en Inglaterra y posiblemente casada con uno de su clase, participó en las manifestaciones republicanas ganándose la aversión de las autoridades británicas y franquistas.

Seis meses de encierro forzoso en el manicomio de Santander por un supuesto brote de locura testimonian lo que puede llegar a sufrir una persona en esas circunstancias. Sin embargo, los intentos de curación con Luminol y Cardiazol, que la indujeron a pensar que “sí, efectivamente, el infierno existía y estaba ahí”, no acabaron con su determinación. Aprovechando un viaje en coche hasta Lisboa logró deshacerse de su “cuidadora” y huyó en busca del amigo y poeta mexicano, Renato Leduc. Para garantizar su salvoconducto, se casan y juntos ponen rumbo a Nueva York desde el puerto de Marsella. Era el 1940.

Remedios Varo fue la última en emprender el viaje del exilio en 1941. Hasta ese momento había vivido primero en París, luego en Madrid y Barcelona. El estallido de la guerra civil española la sorprende aquí. Mientras tanto, desde París llega el poeta Benjamin Peret para apoyar la causa antifranquista. Gracias al amigo común Óscar Domínguez, Varo y Peret se conocen y se enamoran. Juntos vuelven a París, donde durante un tiempo parece que la vida puede ser tranquila.

Remedios Varo, Emigrantes, 1962 | Fuente: www.remediosvaro.com

La Segunda Guerra Mundial subvierte de nuevo los planes de todos. Las tropas nazis ocupan la ciudad y encarcelan primero a Peret y luego a Varo, episodio del que no se sabe más y que ella nunca explicaría. Gracias a André Breton y al Emergency Rescue Committee de Nueva York, la pareja pudo embarcar en el Serpa Pinto.

México, magia y hogar

Diego Rivera, La civilización Totonaca, 1950 | Fuente: Wikimedia Commons

“No intentes entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo, México es el país más surrealista del mundo”, dijo Breton en 1938 tras visitar el país.

México, de colores, olores y tradiciones muy distintas a las europeas; de Mayas y Aztecas, del día de muertos y de la vainilla. País excéntrico e inspirador cuyo centro neurálgico era su capital, Ciudad de México, investida del bullicio artístico-cultural de los años Cuarenta. La escena cultural estaba dominada por personajes del calibre de Diego Rivera, Frida Kahlo, José Clemente Orozco o Manuel Álvarez Bravo. En ese ambiente, los republicanos recién llegados podían empezar a reconstruir sus vidas y hacerse hueco en la nueva sociedad.

En el 198 de la Calle Tabasco, en plena Colonia Roma, Kati Horna encontró su sitio en el mundo: una casita “donde en un patiecillo selvático chapoteaba una alegre fuentecilla, revoloteante de palomas en las tardes y lechuzas en las noches” en palabras del amigo Pedro Friedeberg. Por primera vez no huía y nadie la perseguía. La imagen de la casa, fragmentada en múltiples visiones en sus fotos de la guerra civil, podría cobrar aquí por fin una forma unitaria. Sería un lugar mágico donde la cotidianidad se entrelazaría de manera armoniosa con la creación artística. Las personas que la conocieron expresan una opinión unánime: entrar en la casa de Kati era como sentirse envuelto en un mundo de magia. La impresión era que algunos fenómenos solo podían ocurrir ahí, entre muñecas, cajas con sirenas, títeres y otros artilugios curiosos que ella consideraba mágicos.

Algo sorprendente ocurrió de verdad, un día de 1943, cuando se produjo el encuentro entre Kati, Remedios y Leonora. Cabe suponer que la primera persona que funcionó como enlace fue el fotógrafo húngaro amigo de infancia de Kati, Chiki Weisz, quien la presentó a Remedios. En cambio, Leonora y Remedios ya se conocían desde los años de París con el círculo Surrealista, pero no esperaban reencontrarse ahí, en medio de la Colonia Roma y, encima, siendo vecinas de casa. Magia o azar, quién sabe.

Las tres magas

Self-portrait, México | Fuente: Tate Gallery

Sus casas se convierten en un lugar sagrado para las tres, un espacio donde podían acoger a los amigos, organizar fiestas, hasta formar una familia y hacer arte. No concebían mantener separadas estas dos facetas, por lo que en las fotos que Kati sacó de aquel período quedan inmortalizados los momentos creativos de sus amigas, así como en los objetos de madera de Leonora o en los cuadros de Remedios hay referencias al mundo que compartían con Kati.

Kati Horna, Remedios Varo at her easel, México, 1963 | Fuente: Tate Gallery

Los lienzos, los pinceles, la pintura; Remedios y el cigarrillo entre los dedos ante su caballete; Remedios con una máscara en papel maché hecha por Leonora, el mismo material que usaba Kati para sus muñecas y que aparecen mágicamente en los cuadros de Leonora. O al revés.

El ciclo de migraciones icónicas al que se asiste cuando se observa la obra artística de estas tres amigas es innegable y es también el resultado de las interminables charlas que mantenían en sus cocinas. Ahí compartían una herencia común, un pasado que pesaba como un ladrillo pero que, a la luz de esa nueva realidad, se hacía más llevadero.

Kati Horna, Leonora Carrington at her easel, México, 1956 | Fuente: Tate Gallery

La pasión por la alquimia, la brujería y lo oculto las convertían en seres inusuales que convertían cada aspecto de la cotidianidad en algo sobrenatural. Y entonces en esas cocinas, sobre todo en las de Leonora y Kati, siempre se cocía algo. Que fuera Gulash húngaro o alguna pócima no importa, porque el mero hecho de estar ante los fogones favorecía el diálogo entre ellas. Un diálogo en el que se reconocían todos los días.

Un ritual mágico que propicia encuentros, nuevos amores, incluso la fertilidad. Leonora se enamora de Chiki y se casan. Kati saca fotos de la boda en el patio de su casa. Kati da a luz una niña que se llamaría Norah, a raíz de Leonora, como agradecimiento para ayudarla con la pequeña en un momento de dificultad. Remedios se descubre como artista y consigue vender todos sus cuadros en su primera exposición. Leonora tiene dos hijos, Gabi y Pablo.

Kati Horna, Wedding of Leonora Carrington and Chiki Weisz with their guests on the patio of the house of the Horna’s, Tabasco Street 198, Colonio Roma, Mexico City, 1946 | Fuente: Tate Gallery

Creían que el arte tenía el poder de cambiar la realidad y en esto se apoyaron Leonora y Kati cuando en el mismo año, el 1963, murieron José y Remedios. Quizás el arte no les devolvería a sus seres queridos, pero juntas siguieron celebrando ese ritual ancestral durante muchos años más.

Hoy en día todo el mundo se acuerda de ellas. Siguen vivas en la memoria de sus seres queridos y, en noches de luna llena hasta se las puede ver ahí, sentadas a la misma mesa tramando algún hechizo.

Lisa Pelizzon

Doctora en Lenguas, Culturas y Sociedades por la Università Ca'Foscari de Venecia

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Lisa Pelizzon
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