Existe un cuento de Jorge Bucay que cuenta la historia de un elefante. Según la historia, hay un elefante que desde pequeño ha estado encadenado a una estaca. Intentó escaparse pero no tuvo suficiente fuerza para romper la cadena. Al hacerse mayor dejó de intentarlo, se hizo a la idea de que no podía, así que dejó de tirar. Dejó de pensar. Se volvió una sombra vaga de su propia fuerza. Simplemente dejó de pensarse libre.

Al crecer ese elefante tenía la fuerza suficiente para romper la cadena con un movimiento de cabeza, pero él no lo sabía. Nosotros somos ese elefante, incapaces de abrirnos los ojos.

Quizá, quien más y mejor lo advirtió fue Magritte. Ceci n’est pas une pipe. Pudo decirlo más alto, pero no más claro. Los ojos, ese órgano en formato gemelo que esconde uno de los cinco sentidos, es la metáfora orgánica de la cámara fotográfica. Lo que se ve es lo que hay, aunque esa premisa es de fácil destrucción. No todo es lo que parece.

Obra de Evgen Bavcar || Fuente: Youtube

A veces es necesario huir por un momento y por un instante de la belleza, admirar la fealdad y el ego oscuro. Construir una máscara más. Quizá el blanco y negro, como todos los filtros contemporáneos, lo que hacen es embellecer algo que por su naturaleza no es bello. Porque todo debe ser bello.

No gusta lo feo, ni como interpela, se prefiere la mirada amable, dulce y bucólica que no pueda dañar. Odiamos que nos miren mal. Y es que la fealdad, entre muchas otras cosas, grita algo muy claro: este eres tú, querido Narciso. Y que coño, nadie quiere ser feo en esta sociedad que invade y subordina. Absolutamente nadie.

Se acepta la fealdad y la deformidad de las imágenes, pero solo con una condición, voy a quererte, a aceptarte, pero a mi manera. Como esas parejas que dicen querer a sus amantes pero lo único que hacen es cambiarlos, amoldarlos, ignorando quienes son en realidad, para convertirlos en quien quiere que sean.

La fealdad y su reproche continuo

De la perspectiva de Brunelleschi al filtro de Instagram, pasando por el Photoshop de cine, fotografía y televisión, las imágenes han perdido su mayor premisa, ser una muestra real de la realidad. Quizá desde hace ya demasiado tiempo, las imágenes mienten. Son el Pinocho moderno, contemporáneo y narigudo incapaz de verse los pies de tanto mentir y mentirse.

Debería preferirse la brutalidad y la violencia de una verdad que se ríe y se grita a carcajadas dejando ciega, muda y sorda de tanto chillar.

Tampoco se es muy fans de la violencia, y no me refiero a la física, así que cualquier cosa que interpele con un poco de psicología desencajando los esquemas y moviendo los cojines de las respectivas zonas de confort, parece insultante.

Todos miramos con ojos de Brunelleschi desde hace siglos. Se educa así, mirada y corazón. El punto de fuga guía, desenfocando lo que queda a su alrededor, perdiendo importancia a marchas forzadas. Como burros de feria, incapaces de mirar, de ver, más allá de lo establecido.

museo louvre parís

Museo del Louvre, París || Fuente: Mery Pineda

Esto es una bandera blanca a favor del ojo humano que debió de haberse cortado en el Chien andalou de Dalí y Buñuel. Esto son los ojos de Evgen Bavcar llevados al límite.

Esto es un viaje corto pero intenso, destripador. De los ojos al corazón y de allí, al estómago.

La considerada como primera fotografía de la historia es la del francés Nicéphore Niépce, de 1826, que muestra las vistas desde su granero. Se podría entrar en una discusión de técnica y formato, de formas, de cómo consiguió captar la luz, la atmósfera, debatir sobre ese primer encuadre. El resultado sería el mismo. La imagen nos muestra unos edificios, pero en realidad no son edificios, sino algo distinto. Al fotografiarlos dejan de ser lo que son para convertirse en lo que queremos que sean.

«Todos los hombres por naturaleza desean saber» decía Aristóteles en su Metafísica.

El hombre de hoy es un animal depredador, domesticado por un capitalismo aún más devorador. Funciona por supervivencia, aunque la suya ya no depende de morir de hambre sino de que su deseo no muera de ella. Desea poseer y que le posean, pero no de cualquier forma. Ni de cualquier manera. Si van a poseer, al menos, que lo posean guapo, con su ego saliendo a borbotones de las orejas, como la sangre en una película de Tarantino.

Fue Benedetti quien quiso violar a la Gioconda en pleno Louvre con una Polaroid. Ya avisó Sontag de que «todo uso de la cámara implica una agresión». Ojalá un día, uno de cualquiera, las imágenes se vuelvan tan honestas como la mirada del niño trajinando unas botellas en esa fotografía de Cartier Bresson.

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