Proyectar la mirada hacia la historia del cine y la televisión estadounidense es encontrar, en un simple vistazo general, ficciones preocupadas por el funcionamiento interno y externo de su régimen político. Si ese rastreo se acota a la producción televisiva enmarcada en el escéptico contexto social de la contemporaneidad, observamos cómo estas propuestas, en otros tiempos conciliadoras con el establishment, se convierten en el principal discurso crítico con el poder de la cultura mediática occidental.

Series como El ala oeste de la Casa Blanca (The West Wing, Aaron Sorkin, NBC, 1999-2006) o The Wire (David Simon, HBO, 2002-2008) abordaron el mundo de la política desde su juego entre bambalinas, lugar donde honradez y ruindad se confunden deliberadamente. Espacio donde se vertebra, a partir del arte de la demagogia, una retórica que adoctrina en su discurso y edulcora la imagen hacia el exterior de la administración y sus representantes.

Entre las últimas corrientes catódicas que han recogido el legado de aquellas propuestas de inicios de siglo, destaca House of Cards (Beau Willimon, Netflix, 2013-), remake de la serie británica homónima de principios de los años 90.

Su creador, Beau Willimon, dibuja una endemoniada concepción de la política estadounidense representada por el dirigente Frank Underwood (Kevin Spacey) y su esposa Claire Underwood (Robin Wright). Matrimonio que trasciende lo conyugal, o más bien renuncia a su significado para rentabilizar el enlace como arma política, en un universo donde el pragmatismo elimina cualquier atisbo de humanidad.

Sublimar la mezquindad

House of Cards no aborda dilemas éticos y conflictos de identificación por parte del espectador, sino que constata la inmoralidad de los protagonistas y la pérdida de cualquier principio.  Cuestión ya explorada en la versión británica de House of Cards o comedias como la coetánea Veep. Pero lo que esas ficciones tratan desde el punto de vista paródico, la serie de Willimon lo concibe como un ejercicio de profunda sofisticación formal capaz de sublimar la conducta miserable de los protagonistas.

Y es que Frank y Claire Underwood son, en su egoísmo y perversidad, figuras cautivadoras. Frank interpela constantemente a la cámara quebrando la cuarta pared (recurso heredado de la serie original) para ejercer autoridad mediante su palabra y convertir al espectador en un cómplice de sus actos ilícitos. Claire embauca a partir de su estoicismo e imperturbabilidad. Virtudes con las cuales potencia su papel político, cuanto más relevante más conflictivo en el progreso serial.

La serie no aspira a mostrar la ambigüedad moral de los protagonistas sino a certificar y sublimar la mezquindad de estos

La serie no aspira a mostrar la ambigüedad moral de los protagonistas sino a certificar y sublimar la mezquindad de estos

Frank y Claire hipnotizan en su maquiavelismo al espectador, gracias a una narración incapaz de mostrar fisuras en la fría y calculadora mentalidad de los protagonistas. Una factura visual aséptica y solvente, marcada por el trabajo de dirección de David Fincher en los dos primeros episodios. Estilo formal proyector de una mirada nítida y cristalina que contrasta en su claridad con el universo de falsedad y oscuras intenciones asentado alrededor de la política de alta enjundia.

Espíritu crítico, ficción y realidad

Willimon consigue en House of Cards encumbrar todo un mundo de traiciones y conspiración a partir de dos personajes totalmente alejados del concepto de antiheroismo propio de los protagonistas de la serialidad contemporánea. Porque si en El ala oeste de la Casa Blanca, The Wire o Show Me a Hero, los personajes todavía se deslizan sobre la fina y voluble línea que separa el bien del mal, en House of Cards estas ambigüedades se diluyen.

House of Cards es, ante todo, un retrato exagerado del cinismo y la corrupción política

House of Cards es, ante todo, un retrato exagerado del cinismo y la corrupción política

Si aquellas creaciones dosificaban la mezquindad para hallar en el trasfondo estratégico de toda reprochable acción una posible buena voluntad, House of Cards cercena las posibilidades de esta segunda vía positivista. Gesto que, como las últimas corrientes catódicas sumergidas en el cosmos político, posterga el carácter realista para hallar el espíritu crítico en la hipérbole. Un retrato desmedido de la política en la Casa Blanca, su cinismo y corrupción, que logra generar cuestiones en el espectador sobre el funcionamiento de nuestra sociedad y la aptitud de los que la representan. Porque esa exageración que es House of Cards se apoya en una penosa, desoladora, inquietante y en ocasiones igual de increíble realidad.

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