La devastación de los bombardeos en la Guerra Civil Española - Historia || Fuente: ABC.es

Casado, ¿héroe o traidor? (Mi guerra civil y la de mi familia)

En realidad este artículo no iba a tener ningún subtítulo. Pero me ha dado cuenta de que nadie puede hablar de la Guerra Civil sin hablar de “su” guerra civil. De modo que este es mi artículo sobre Casado y sobre “mi” Guerra Civil. Es algo que tenía pendiente, que sabía que tenía pendiente, pero que hasta hoy mismo no había tenido la menor intención de escribir. ¿Por qué? Porque hablar de la Guerra Civil es hablar de lo más doloroso dentro de lo más doloroso. Y no me refiero sólo al hecho de que sea una guerra civil, “entre hermanos” (como se suele decir, y que a veces fue más que un tópico, así, a bote pronto, recuerdo los dos hijos del general Escobar, que se enfrentaron en Belchite), sino a que voy a hablar sobre el final de la guerra, sobre la derrota de la guerra. Y digo derrota porque a mi familia le tocó estar en el bando de los derrotados.

Imagen: ABC.es
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¿Quién gana en una guerra civil? “Nadie”, nos dicen. ¿Quién pierde en una guerra civil? “Todos”, nos dicen. Pues no. En una guerra civil, como en todas las guerras, hay unos que ganan y otros que pierden, Y muchas veces, incluso dentro de un mismo bando, unos ganan y otros pierden. La Falange y los Carlistas estaban en el bando ganador y sin embargo perdieron la guerra. Y los monárquicos, desde luego, los monárquicos fueron unos grandes perdedores dentro del bando ganador. Naturalmente en el bando perdedor es más difícil encontrar ganadores. En realidad lo que pasa en el bando perdedor es que unos se apañan para perder poco o muy poco y otros lo pierden todo. ¿Y el que decide parar la guerra, el que decide finiquitar una guerra que considera perdida, qué papel le damos a éste, el de héroe o el de villano? A mí el coronel Casado me recuerda en cierto modo al Almirante Cervera. En 1898 la flota del Almirante Cervera fue hundida por los americanos en Santiago de Cuba. Para algunos el almirante lo hizo todo mal. Para otros hizo lo único que podía hacer dadas las circunstancias. La derrota era inevitable así que intentó que los barcos fueran pegados a la costa para salvar el mayor número de vidas posible: al ser alcanzados los barcos, la tripulación podría llegar nadando a la orilla. En cualquier caso, aún hoy hay mucha discusión sobre el asunto y para algunos es un buen hombre y para otros es un rematado incompetente además de un derrotista imperdonable.

¿Y Casado, qué hacemos con nuestro coronel? Supongamos que uno es un leal republicano, bastante harto de los comunistas, que ve como sufre el asedio la población madrileña, que cree que la guerra está perdida y que un buen día se cansa de todo y decide entregarle la ciudad que debe proteger a su enemigo, a fin de intentar una paz negociada que al menos salve a algunos y que acabe con tres años de sufrimiento y muerte, ¿es un traidor, es un tipo sensato, es un cobarde? Desde luego la respuesta no es simple. Para empezar una rendición pactada suele ser la solución de última hora y como solución de última hora a veces llega tarde. Franco no quería ninguna paz pactada. Quería una derrota incondicional. Franco pensaba que ya tenía la guerra ganada y además, si algo ya había caracterizado al bando nacional era la represión sistemática y terriblemente inmisericorde de las zonas conquistadas. Ya se sabía lo que había pasado en Badajoz, por ejemplo. Y era bastante evidente que Franco no iba a mostrar ninguna humanidad con los vencidos. Aún así, Casado espera cierta clemencia para él y los suyos. Y también espera que al menos se reconozca su contribución (y la del socialista Besteiro) al liberar Madrid, con la ayuda de los anarquistas, de los comunistas.

El golpe de Casado no es un golpe pacífico. Cuesta 250 muertos. Puede parecer poco. 250 muertos para parar una guerra puede parecer un precio razonable. En los últimos días de la Alemania nazi pensaban que con matar a Hitler y detener a los altos cargos de las SS podrían pactar con los aliados. Lo que hubiera pasado en Alemania si esa bomba hubiera cumplido su objetivo no lo sabemos. Lo que pasó en España sí lo sabemos. A esos 250 muertos entre anarquistas, socialistas y comunistas hay que sumarle los 500 muertos que constaron en la Barcelona de mayo del 37 las peleas entre comunistas, anarquistas, guardias de asalto republicanos sin partido definido y gentes del POUM. Y a esas luchas colectivas hay que sumarle los asesinatos individuales que en la zona republicana se cometieron por razones políticas o simplemente porque había personas que molestaban, como los asesinatos de Andrés Nin y otros dirigentes del POUM o la muerte de José Robles Pazos, el traductor y amigo de John Dos Passos. Sí, pueden parecer pocas vidas, pero son más muertes inútiles y absurdas dentro de una guerra inútil y absurda. ¿O no? ¿O todo era “útil y necesario”, porque había que salvar a la patria, había que redimir a la humanidad? Lo de siempre. Grandes palabras manchadas de sangre.

En cualquier caso, si juzgamos un acto por sus consecuencias (“si”, condicional, nótese), entonces Casado se equivocó por completo. ¿Pero tenía razón Negrín, al empeñarse en resistir a toda costa, con la esperanza de que empezara de una vez la guerra en Europa y los aliados, los demócratas que nos habían dejado tirados, vinieran a ayudarnos a matar a la bestia fascista? ¿Tenía razón Negrín al pensar que esa era la única solución, y que era una solución viable? No lo podremos saber nunca. Pero tenemos los datos. Sabemos cuántos soldados tenía la republica y qué zona del país aún controlaba en febrero del 39. Sabemos cuando empezó la Segunda Guerra Mundial. Sabemos que entre una guerra y otra sólo hubo unos meses de diferencia. Si Casado y Besteiro no hubieran entregado Madrid a Franco, ¿se podría haber resistido unos meses más? Claro, esta pregunta tiene trampa. Nadie sabía cuándo iba a empezar la Segunda Guerra Mundial. Podía ser cuestión de días, de semanas, de meses, de años, incluso podía no haber empezado nunca. Negrín quería resistir. Pensaba que la moral republicana estaba baja, pero que aún quedaba moral. Y que si no quedaba moral, pensaba que había luchar de todas formas. Casado al final salvó a muchos menos de los que pensaba salvar. No los mataron los bombardeos, pero los mataron las balas fascistas. Da igual que se fueran a sus casas o se escondieran. Los ganadores los fueron buscando y los fueron poniendo a todos en fila, camino del cementerio. Incluso maestros, alcaldes, cualquiera que hubiera tenido que ver algo con la república, esos, hubieran estado o no en las barricadas, tampoco se libraron de la muerte. Ley de Responsabilidades Políticas, un bonito nombre para ocultar una venganza general y ciega.

Plaza Mayor de Madrid durante la Guerra Civil
Plaza Mayor de Madrid durante la Guerra Civil

Para ocultar la sed de venganza y para ocultar la rapiña y la ambición, que luego hablaremos de eso, pero volvamos al asunto principal. Casado podía ser pesimista, derrotista, fatalista, y a la vez un ingenuo, pero posiblemente tenía motivos para serlo. Es verdad que aún quedaban muchos soldados dispuestos a morir por la república, es verdad que los comunistas estaban organizados y tenían las cosas claras, es verdad que en las zonas republicanas el odio a los que los bombardeaban día y noche aún les daba fuerzas para luchar. Perdieron la guerra, pero tenían moral, tuvieron moral durante tres largos años, tuvieron moral y pelearon muchas veces más con el corazón que con medios físicos (por la falta de buen armamento, por ejemplo), es cierto, pero también es cierto que el hambre, el frío, la muerte y el dolor continuo acaba por pasar factura. Tal vez, tal vez, Casado pensó que al pueblo madrileño ya no se le podía pedir más. Y además, desde que empezó la guerra, qué había hecho la república sino ir pendiendo territorios, perdiendo batallas, dividiéndose y enredándose en peleas internas…

Con eso no quiero decir que en el bando nacional todo fuera maravilloso. Allí también se peleaban y discutían. Había una inmensa lucha por el poder, en cualquiera de sus ramificaciones. Franco quiso salvar al general Campins, pero Queipo de Llano lo fusiló. Luego Queipo quiso salvar a Batet y Franco le contestó: “¿Ah, sí?, pues ahora verás lo prontito que te lo fusilo, para que aprendas”, y lo fusiló sin pestañear, más que nada por cabrear a Queipo. Pero la pelea iba desde arriba hasta abajo, con el encarcelamiento del jefe falangista Hedilla y el exilio del jefe carlista Fal Conde, como el no probado asesinato del creador de las Jons, Onésimo Redondo por manos falangistas (pero el sí probado intento de asesinato  tiempo atrás) y como las peleas de la viuda de un héroe (Onésimo Redondo) con la hermana de otro héroe (Pilar Primo de Rivera) por el control del Auxilio Social. Pero por lo menos en el bando nacional tenían clara una cosa: lo urgente era matar rojos, cuantos más mejor. La guerra era una cosa seria, metódica, muy bien montada, con muchísima ayuda exterior, en armas, en dinero, en gasolina, en soldados (alemanes, italianos, portugueses), con una diplomacia internacional que estaba bastante descaradamente a su favor, y además, con todo el trigo castellano para que nadie pasara hambre.

Por otro lado, en el bando republicano la situación empezó siendo caótica y por desgracia terminó siendo caótica.  Mi familia luchó por la república. Algunos fueron voluntarios y otros fueron porque les tocó. Mi abuelo luchó (ya lo he contado) en la batalla de Teruel. La ciudad de mi abuela fue bombardeada por unos aviadores italianos que por lo visto pasaban por ahí y no sabían que hacer con las bombas. Un familiar mío acabó muerto en un campo de exterminio alemán, como muchos otros ex soldados republicanos de los que hasta hace unos pocos años no se hablaba lo más mínimo. Me duele mucho hablar de esta guerra, y de la derrota de esta guerra, pero creo que debo hacerlo.

teruel guerra civil
Tropas republicanas combatiendo en Teruel || 1937

Independientemente de los días finales, de si tenía razón Casado o tenía razón Negrín, ¿cuáles fueron los errores del gobierno republicano?

  1. Falta de previsión. No se puede decir que no estuvieran informados. Dejaron estallar la sublevación militar pensando que no sería nada serio. Pensando que muchos generales les serían fieles (como Mola, ¡¡meses antes de la sublevación hasta el propio Quiroga Casares lo había defendido!!). Pensando que sería una cosa como lo de Sanjurjo en el 32, algo controlable y sin consecuencias graves.
  2. Falta de resolución en el momento inicial. El alzamiento se produjo en tres días. El 17 Marruecos. Franco no llega hasta el 18. El 19 Barcelona… Durante esos tres días Casares Quiroga dimitió, Martínez Barrio intenta hablar con los rebeldes cuando está muy claro que los rebeldes no quieren hablar y dimite también. Hasta que llega Giral no se hace nada. Pero Giral tira piedras contra su propio tejado destrozando lo que queda del ejército al decretar la desmovilización de las tropas (medida que sólo es obedecida en la zona republicana, que es justo donde no se tenía que obedecer), en un principio se resiste, como Casares y como Barrio, a dar armas a las organizaciones obreras, por mucho que Largo Caballero grite eso de “un gobierno que se niega a armar a los trabajadores es un gobierno fascista”, y al final, cuando arma a los voluntarios, los deja en una situación muy cómoda para ellos mismos pero muy incómoda para el gobierno. Al estar aislados del resto del ejército, en sus propios batallones, rodeados por compañeros del mismo partido y sólo controlados por un oficial profesional al que no suelen obedecer demasiado o al que no respetan demasiado, su actuación dista mucho de ser la actuación que se espera de los soldados regulares.
  3. Fallos estratégicos. Se permitió que el ejército sublevado cruzara el estrecho. Desde luego que Franco contó con la importantísima ayuda alemana e italiana, pero lo cierto es que cuando las tropas coloniales pisaron la península, no había ningún ejército preparado para hacerles frente. Dicen que Stalin se horrorizó al ver lo rápido que Franco cruzó el mar, pasó Andalucía y Extremadura y se plantó en las puertas de Madrid. No sé si la anécdota de Stalin es cierta o no, pero es un hecho que hasta llegar a Madrid (y eso que los nacionales se tomaron su tiempo para liberar el Alcázar de Toledo) nadie les plantó realmente cara. La primera gran batalla fue la batalla del Jarama, ¿Y cuántos meses de guerra llevábamos ya?
  4. Esto tiene que ver con el caos y descontrol inicial en el gobierno republicano, pero luego llegaron una serie de ofensivas que tal vez no fueran en sentido estricto fallos estratégicos pero que tuvieron resultados muy negativos. La ofensivas en Aragón, con la toma de Teruel, que pretendían distraer la atención sobre el frente Norte y salvar Bilbao y la cornisa cantábrica o al menos ganar tiempo, no sirvieron para nada y debilitaron al ejército republicano. El Norte calló sin que nadie pudiera evitarlo. Y la Batalla del Ebro al final se convirtió en una batalla de desgaste que acabó en derrota y que además permitió que las defensas de Barcelona y toda Cataluña se desmoronaran estrepitosamente.

Falta de control real sobre la retaguardia. “El poder estaba en las calles”. No lo digo yo. Lo dijo Dolores Ibárruri. Y añadió algo terrible: “Todo el aparato del estado había sido destruido”. Nada más deseado por un auténtico revolucionario que por fin se produzca la revolución. Entiendo bien que a la Pasionaria eso le parecía estupendo. El problema es cómo se produce. Tú puedes desmantelar un sistema político-económico en un día, pero luego tendrás que tener algo preparado para sustituirlo. En caso contrario, y cuanto más tardes o más incompleta sea esta sustitución, más profundo, confuso y peligroso será el vacío que vas a crear. De la noche a la mañana el control en la zona republicana estaba en unos coches cargados de milicianos que iban robando, quemando, matando y saqueando a su antojo. Ya, ya… Esto es lo típico que se ha dicho siempre, y huele a justificación de la derecha: “Había que acabar con el terror rojo”. ¡Pero tendrán cara! El terror rojo lo precipitaron ellos al apuñalar por la espalda a la república. Lo cierto es que la república se vio desbordada, no se esperaba nada de lo que le pasó (ya lo he dicho antes, falta de previsión) y tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para salvarse a si misma y para poder plantar cara a sus agresores externos. La propaganda fascista funcionó. El resto del mundo pensó que la república iba a ser devorada desde dentro por grupos incontrolados. Neruda mismo tenía una visión pésima de estas bandas de milicianos que no se diferenciaban demasiado de delincuentes comunes. El cónsul de México en Málaga contaba que el alcalde republicano de la ciudad estaba tan enfadado con los milicianos que casi quería ver entrar a los nacionales. El mismo cónsul decía que “había más fusiles dentro de la ciudad que fuera, en las trincheras del frente”. El cónsul se preguntaba para qué hacían falta tantos fusiles dentro de la ciudad, ¿era tan urgente perseguir a los fachas escondidos, casi todos burgueses de clase media, padres de familias poco peligrosos a priori?

La devastación de los bombardeos en la Guerra Civil Española - Historia || Fuente: ABC.es
La devastación de los bombardeos en la Guerra Civil Española – Historia || Fuente: ABC.es

Lo cierto es que los fusilamientos de obreros en Valladolid no quitaban apoyos a la España nacional, pero las muertes de curas, los incendios y los saqueos sí quitaban apoyo a la república, dentro y fuera de nuestras fronteras. Muchos republicanos moderados se lo empezaban a pensar seriamente. El caso de los burgueses vascos es paradigmático. Por un lado su nacionalismo les hacía estar con la república. Por otro lado su catolicismo y su condición social les hacía repeler la república, o la situación de debilidad en que había quedado la república, pero al final el resultado era el mismo: no sabían si pasarse de bando o qué puñetas hacer.

Hay una novela, Cambio de Bandera, de Félix de Azua, que aborda muy bien el tema del nacionalismo vasco en la Guerra Civil. Si en la retaguardia ya había bastante lío entre hacer la guerra primero y la revolución después (idea comunista) o en hacer las dos cosas a la vez (idea anarquista), todo esto se complicó aún más con el problema nacionalista. Félix de Azua cuenta, y es un hecho cierto, que los altos hornos vascos no fueron destruidos para que no cayeran en poder de los nacionales, en lugar de esto se lo dejaron todo preparado para que los pusieran en funcionamiento nada más llegar. Pero historias hay muchas. Y hay muchas porque muchas familias vascas se pelearon con otras familias vascas, muchos dueños de empresas vascas se pelearon con otros dueños de empresas vascas, y eso es lo triste de todas las guerras, y más aún en una guerra civil, que mucha gente aprovecha para solucionar viejos rencores, para saldar viejas deudas, para acaparar herencias, para rapiñar riquezas y para dar rienda suelta a su ambición personal. Un ingeniero de la región, Andoni Sarasola, contó en un libro de memorias la historia de Ramón de la Sota y Llanos, un gran industrial vasco que lo perdió todo por “colaboración con la república”. Lo triste del caso no fue que los nacionales se quedaran con todo su dinero y todas sus empresas, sino que el ejecutor del robo (legal, pero robo), era su antiguo socio, ¿Y qué había hecho su antiguo socio en los años de la Segunda República? Pues lo mismo que él: nada que no fuera ocuparse de los negocios. Si uno era culpable, el otro era igual de culpable, ni más ni menos. Pero uno fue más rápido que el otro y se lo quedó todo con el truco más simple y más infalible de todos los tiempos: ponerse el uniforme del ganador.

“Nada pueden bombas donde sobra corazón”, decía la canción. Y muchos buenos soldados republicanos lo creyeron. Y muchas de sus familias lo creyeron. La gente mayor cuenta historias, en mi familia hay historias, algunas son casi increíbles, son casi increíbles porque a mí me resulta difícil de creer que se quisiera matar a una persona simplemente porque le habían pedido que entregara un pan y no lo había entregado diciendo que “ese pan era para sus hijas”. Esas cosas pasaron y durante años no se habló de ellas. Ni unos ni otros. Los hijos de los vencidos tampoco hablaban de lo que hicieron o sufrieron sus padres. Yo entiendo a los perdedores, nací en su bando y luego crecí oyendo las historias de los ganadores. Entender es un lujo porque durante muchos años ni siquiera eso estaba permitido. Entiendo el fatalismo y el pesimismo de Casado. Pero también entiendo a Negrín. ¿Rendirse ahora después de haber sufrido tanto? No sé quién tenía razón. Pero sé quién les quitó la razón. Al final lo que queda es la historia. La historia de lo que pudo ser sólo son las cenizas informes y frías de la historia que fue.

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