Nacida en Lyon (Francia) en 1987. Vivió entre México y París y reside actualmernte en Chicago junto a su marido, el también escritor Adam Levin. Es autora de Les treize desserts, que ganó, entre otros, los premios Jean-Claude Izzo y Bourse Thyde Monnier, y de Partie commune que también consiguió el premio a la mejor segunda novela otorgado por Lecture en Tête. También ha colaborado en «The New Yorker».

Camille Bordas entrevista escritora literatura arte

Entrevista Camille Bordas

Tu vida es itinerante. Naciste en Lyon y te criaste entre París y México, antes de fijar tu residencia en Chicago, donde vives desde hace años con tu marido, el escritor Adam Levin. En alguna ocasión has declarado que mientras tu marido es un escritor ordenado, tú escribes en cualquier lugar y a cualquier hora. ¿Vuestra convivencia te ha aportado una forma distinta de afrontar el oficio de escribir o sigue igual que antes?

Es cierto que mi forma de escribir ha cambiado mucho desde que vivimos juntos, pero no sé si eso tiene que ver con el que él sea tan organizado o, más generalmente, con mi mudanza a EEUU. En Francia tenemos el cliché de que para los americanos todo gira en torno al trabajo. Y bueno, pues resulta que ¡es verdad! Entonces me convertí en una escritora un poquito más seria,  y ahora tengo más rutina de trabajo. Y es que cuando no trabajas en EEUU, pues en realidad no hay gran cosa que hacer. ¡Ja ja!

En tu novela, Simone le cuenta a su hermano Dory que ella inventaba dos tipos de entrevistadores: uno de ellos servía para ensalzar su figura, para hacerle las preguntas para las cuales ella tenía una estupenda respuesta, mientras el otro era una especie de contrincante. ¿Te vienen bien las entrevistas para dar expresión a tus ideas?

¡Creo que sí! Pero igual es porque no pienso tener muchas ideas que necesiten a toda costa ser compartidas. Siempre sigo la corriente y hablo de lo que el entrevistador quiere hablar. Yo nunca acudo a una entrevista habiéndome preparado. He conocido a algunos escritores que me han dicho que, cualquiera que fuera la pregunta del entrevistador, ellos siempre contestaban lo que querían, las respuestas que habían preparado, para decir lo que ellos querían decir acerca de su libro. ¡Yo no sé hacer eso! Pienso que es muy difícil hablar de un libro, especialmente si lo has escrito tú, y por eso tengo más curiosidad por escuchar lo que opinan los lectores o entrevistadores, o lo que desean preguntarme, que ansias por decirles lo que yo opino de mi libro.

Tu libro se ocupa de una familia de seis hermanos a través de la mirada de Isidore Mazal, el menor de ellos. No me gusta rastrear elementos autobiográficos en las obras de ficción, pero en tu caso concreto, parece que abundan las referencias a tu propia vida. Perteneces a una familia de cuatro hermanos y parece evidente que habrás tenido conversaciones con ellos similares a las del libro. ¿Tu personalidad está más cerca de Isidore, Simone o Berenice o se encuentra diluida entre las de todos los hermanos?

Pienso que sí está diluida pero también encuentro algo de mí en el personaje de la madre, en Denise y también en Daphné. En realidad nunca he tenido ese tipo de conversaciones con mis hermanos. Ellos no son como los del libro. Son realmente inteligentes pero a ninguno de ellos le dio por la locura de meterse en largos doctorados. La parte más autobiográfica de mi libro es que Isidore es el menor (como yo) y que yo experimenté ese lugar en la familia de forma idéntica a la suya: no me sentía tan estupenda como mis hermanos mayores. Yo pensaba que eran más inteligentes, más guapos, que ellos lo sabían todo y que yo no sabía nada. Eso es lo que comparto con Isidore.

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¿Opinas, como Flaubert y Pierre Bourdieu, que todo lo que hay que aprender sobre la sociedad se aprende en un internado?

Espero que estén equivocados porque yo nunca estuve en un internado y realmente espero aprender cuanto pueda acerca de la gente y de la sociedad. Leí esa frase en un libro de Bourdieu mientras estaba escribiendo mi novela y pensé que era el tipo de pensamiento con que uno de mis personajes podía coincidir.

Sin embargo pienso que Bourdieu y Flaubert tenían en parte razón, en la medida en que cualquier pequeña sociedad (y un internado es como una pequeña sociedad, pero opino que también puede serlo una oficina) te permite darte cuenta de cómo se comporta la gente frente a la autoridad, de cómo se involucra en los juegos de poder y de todo tipo de dinámicas, y como la escala es más pequeña, te brinda una mejor comprensión de la ambición humana, de la debilidad, etc.

También tu novela es una obra sobre el tiempo que pasa, sobre las personas de edades diferentes, los que empiezan a asomarse a la vida y los que están al borde de la muerte. Los muy jóvenes y los de edad avanzada. De ahí que te detengas en los momentos que marcan el paso del tiempo: los cumpleaños, los entierros… Pero la impresión que sacamos al leerla es que todos ellos están aquejados de los mismos sentimientos de soledad, de tristeza y de fracaso. ¿Es la tristeza el rasgo más común de las personas cuando se instalan en el mundo real?

Espero que no, pero para mí sí que lo es. Yo siempre estoy triste. Bueno, no es cierto. Mejor dicho, yo a menudo estoy triste. Por eso cuento muchos chistes. Y por eso cuando estoy feliz, estoy realmente feliz. El mundo «real», como lo llamas, es un lugar bastante despiadado, y es tentador pasarte cuanto tiempo puedas viendo películas o escribiendo ficción, para escaparte de él, pero también me gusta estar en él, por duro que sea,  pues eso hace que escaparse resulte aún más gozoso.

El suicidio es una salida terrible, pero ¿también lo es la extrema longevidad, cuando el ser humano se convierte en una especie de caricatura de lo que fue?

Por supuesto, pero no pienso que uno tenga que convertirse en una caricatura de sí conforme envejece. Pienso que toda edad conlleva sus clichés. Existe la idea de que cuando uno es joven ha de ser chiflado y tonto y cometer un montón de errores y luego, cuando uno es viejo, ha de ser sensato e incluso incrementar lo que uno era antes. Por ejemplo, si uno era un amargado, pues necesita ser aún más amargado, etc. Pero nada dice que uno tenga que cambiar mucho.

Desde que tengo 15 años, uno de mis tíos me repite que en realidad pienso y siento como si tuviera 38 y que siempre tendré 38 años, independientemente de cómo vaya avanzando en edad. ¡Me encanta! Y espero que tenga razón.

También te ocupas de las tesis universitarias y de lo que esto supone. ¿No crees que se trata de un periodo en el que se pide tiempo a los jóvenes para retrasar el momento de enfrentarse a la realidad?

Exactamente. Es lo que también hacemos los escritores, tratar de mantener la realidad a raya. Pienso que una persona que opta por una carrera académica se parece mucho a un escritor. Ambos nos obsesionamos con cosas muy pequeñas que solo nos importan a nosotros, de las que nadie se preocupa antes de que esté terminado. Hemos de tener como una extraña fe en que, llegado un momento, cada cosa cobrará sentido, y otras personas se interesarán por lo que hemos escrito, pero no tenemos NINGUNA FORMA de saberlo.

¡Estamos en la oscuridad, obsesionándonos con detalles y trabajando durante años en algo que nadie nos pidió hacer! ¡Es una locura! Escritores y académicos comparten la misma forma de locura. La clásica pregunta a alguien que está escribiendo una tesis doctoral es «¿Cuándo habrás terminado?». Cuando eres un escritor los amigos te hacen la misma pregunta. Y nunca sabemos qué contestar.

Abundan las referencias al Quijote de Cervantes. ¿Es la imaginación el reducto de las personas que no soportan la mediocridad de sus vidas? ¿Necesitamos de la ficción cuando nuestra propia imaginación no da para más?

En mi caso, no cabe duda. No sé qué haría sin la ficción —libros y películas- pero es un círculo virtuoso. La ficción es lo que me permite disfrutar de la vida y viceversa. Si no existiera la ficción yo no sabría qué hacer de mí, pero si no hubiera un mundo real tampoco habría ficción.

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Frente a la mediocridad de la existencia está la posibilidad de la aventura, lo que pasa fuera de casa o del colegio. Dory lo intenta en varias ocasiones, pero todas acaban en fracaso. ¿Crees que vivimos en un mundo en el que cada vez se nos cierran más puertas a esta posibilidad?

Sí y no. No lo sé. Pienso que el mundo es aleatorio. Pienso que existen muchas posibilidades para cualquiera y en cualquier edad, pero que uno necesita tener suerte. A nadie le gusta reconocer que la suerte es un factor en la vida, pero es el mayor factor.

Cómo comportarse en la multitud es una novela negra en el sentido de que trata en forma de comedia temas que en muchas ocasiones son dramáticos. En alguna ocasión me he reído a carcajadas con tu libro y eso no es frecuente en mí. ¿Crees que necesitamos más sentido del humor en nuestras vidas?

Por supuesto. Tal vez se deba a la distancia, pero tengo la impresión de que en España sabéis reíros de cualquier cosa, mientras que en Estados Unidos, ocurre que en algunas ocasiones todo el mundo se toma algo tan en serio que se me antoja soltar una broma, pero no lo hago porque presiento que todo el mundo se ofendería (y, probablemente, sucedería).

En general muestras en tu novela la confusión propia de los adolescentes ante el descubrimiento de la vida, pero ¿no crees que los adolescentes también ven algunas cosas con mayor claridad? Al final, el personaje central acaba siendo el más positivo de todos.

Pienso que, a veces, los adolescentes ven el mundo con mayor claridad que los adultos, pero resulta tan horrendo que tienen que enseñarse a sí mismos a olvidar lo que vieron para poder hacerse adultos. Si elegí a un narrador adolescente es precisamente porque creo que los adolescentes tienen una forma muy peculiar de ver el mundo, de la que luego se olvidan (al igual que un recién nacido puede dar dos pasos en los primeros segundos de su vida y luego se olvida de ello durante un año). Cuando uno es adolescente tiene el cerebro completamente formado pero como tienes muy poca experiencia te lo tomas todo más en serio, todo te impacta con más fuerza.

Tus diálogos dan la impresión de haber sido muy trabajados. ¿Ha sido muy complicado poner frases y pensamientos en boca de personajes de distintas edades, pero lo suficientemente próximas para encontrar matices diferenciadores entre ellos?

¡Gracias por haberlo notado! Me encanta escribir diálogos. Diferenciar las voces, escoger una para cada personaje es lo que más me gusta en todo el proceso de escritura. Preguntarme «¿Qué diría Simone en esta situación? ¿Qué palabras escogería?» es sumamente divertido.

En uno de los diálogos de tu protagonista con su hermana Simone, esta le dice a Dory que si él fuera un dictador y ella su consejera, ilegalizaría los comentarios en Internet. En España vivimos momentos difíciles y el descontrol de las redes sociales permite echar más leña al fuego de la discordia. Internet es una magnífica herramienta pero su falta de control lo convierte, igualmente, en un elemento peligrosísimo. En consecuencia se están empezando a alzar voces contra las redes sociales. ¿Cree que llegará a hacerse efectiva la ilegalización de comentarios y que si no se ha hecho todavía es por considerarlo poco democrático?

Bueno, es cierto que ahora la gente se siente con perfecto derecho y libertad para decir todo lo que se le antoja en Internet, pero no veo cómo un gobierno podría dar marcha atrás a este fenómeno sin ser tachado de antidemocrático. El que la gente cuelgue comentarios racistas, antisemitas o simplemente estúpidos bajo cualquier artículo no va a desaparecer.

Entonces, intento no leer comentarios bajo los nuevos artículos porque resulta muy deprimente. Sin embargo, a veces es difícil resistirse. En una ocasión esto consiguió deprimirme bastante — no recuerdo de qué se trataba— y un amigo me dijo «no te preocupes, estoy convencido de que en realidad sólo hay 5 personas que comentan en Internet, pero el problema es que lo comentan todo. Pero estoy seguro de que sólo son 5 personas».  ¡Ojalá tenga razón!

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En algunas declaraciones tuyas hemos comprobado que ignorabas la existencia de un tipo de literatura enfocado directamente a los niños. Existen editoriales especializadas en ese tipo de lectores que se nutren de autores que escriben pensando en públicos de una determinada edad. ¿Crees que hay una literatura «para todos los públicos»? Es una cuestión que Hollywood parece haber resuelto al ampliar la banda de edad de sus películas a base, sobre todo, de rebajar las expectativas de un público adulto.

Tienes toda la razón, y eso no es una buena cosa. Yo no sé de Hollywood en general, pero cuando con los blockbusters, especialmente, advertí que, con el fin de gustar a todos, estaban haciendo películas cada vez más planas. A mí me gustaban las películas de superhéroes, o las de acción, siempre tenían un par de buenas bromas, pero ahora ya ni siquiera son divertidas y apenas empieza la película ya puedes adivinar lo que va a suceder. Es algo que me supera. Es como si quisieran que fuéramos o nos quedemos estúpidos.

Pero, para contestar tu pregunta, no pienso que sea posible escribir un libro o hacer una película que guste a todos. Sí puedes escribir un libro que, potencialmente, guste a una gran variedad de personas y ese es el tipo de libro que yo deseo escribir. Yo pienso que puedes disfrutar mi libro con 15 años o con 105, pero eso no significa que cualquiera entre 15 y 105 años podrá leerlo y disfrutarlo. Un libro tiene que encontrar a sus lectores.  Es un proceso misterioso y me gusta que así sea.

¿Qué ha significado para ti la experiencia de escribir un libro en inglés?

Resultó muy interesante escribir en inglés, aunque solo fuera para darme cuenta de que los problemas que uno encuentra cuando escribe no siempre son problemas de lenguaje sino problemas de estructura. El proceso de escribir no es muy diferente en inglés o en francés: en ambos casos, no deja de ser un método muy exploratorio, intentas algo, no te funciona, das marcha atrás, colocas a tus personajes en situaciones diferentes para ver si surge algo interesante, hasta que la historia funcione.

Háblanos de tus raíces españolas. Eres nieta del almeriense José Córdoba Caparrós, un comunista histórico que huyó a Francia después de escapar de la cárcel  y que hoy tiene una calle en Almería. ¿Llegaste a conocerlo?

Sí. El murió cuando yo tenía 11 años y tuve la suerte de pasar algún tiempo con él, en París y en Almería. Una de las cosas que más lamento es no haber podido llegar a conocerlo siendo yo también una adulta. También siento lo mismo respecto a mi padre. No pasa un día sin que los recuerde a ambos y me gustaría poder hablar con ellos y que ellos me conocieran como adulta, pues de pequeña debí de ser una niña muy aburrida.

Recuerdo que mi abuelo siempre escribía en un cuaderno y leía a Montaigne. No tengo ni idea de lo que escribía. De niña yo hablaba español con un marcado acento mexicano y él hablaba francés con un fuerte acento español, pero recuerdo que su expresión favorita en francés era «”impossible” n’est pas français» («”imposible” no es un concepto francés»), y a mí siempre me encantó oírle decir un refrán tan francés con su acento español. Era algo muy suyo.

El tuvo cuatro hijos. Uno de ellos, José Córdoba Montoya, miembro del PRI, llegó a ocupar altos cargos en la administración pública mexicana durante la presidencia de Carlos Salinas de Gortari. Tú eres una brillante escritora y tu familia merece un libro, de la misma manera que tu novela merece una película. ¿Podremos ver alguna de las dos cosas?

¡Ja ja, ja! ¿Quién sabe? ¡De verdad, me encantaría leer la novela de mi familia! Pero todos son muy discretos, o extremadamente tímidos. En definitiva, yo misma tampoco sé mucho de ellos. Estoy segura de que mi madre va a leer esta entrevista, así que le pido públicamente que ella escriba esa novela.

Son constantes las referencias a películas famosas de la historia del cine, como Adiós, muchachos, El retorno del Jedi, Dogville, Leyendas de pasión o Uno de los nuestros. Y, desde luego, compartimos el juicio negativo que hace uno de tus personajes sobre la televisión, pero creemos que se trata de un medio que también nos ha permitido disfrutar de estupendas series como Los Soprano. ¿Sigue siendo James Galdonfini tu actor favorito?

¡Claro que sí! Acabo de ver de nuevo íntegramente Los Soprano. Por tercera vez. Lo que significa que me he pasado 258 horas viéndolo actuar. También actuaba en una de mis películas favoritas, In the Loop, y él solo tenía unas escenas, pero eran mis favoritas. Era divertidísimo. En Los Soprano me hace reír como histérica y acto seguido me da ganas de llorar. Es el mejor.

¡Lástima que haya desaparecido! ¡También fue «uno de los nuestros»!

Muchas gracias, Camille.

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