No fueron pocas las crónicas que describieron los noventa como una resaca ochentera. La purpurina se desgastó y el lápiz de ojos acabó desteñido. Lo libertino no era novedad tras décadas grisáceas. Siguió el humo aunque cerraran las discotecas. El oro continuó intacto al margen del río. Más aún en ese epicentro de toques prosopopéyicos llamado Madrid. Los ojos dejaron de entornarse pasado el dolor de cabeza. La Movida era pasado reciente, todavía con aroma de leyenda. Sin embargo, quedaron las brasas. Algunas, como Enrique Urquijo, todavía con ganas de brillar. Todo fuese por la música.

La nueva década supuso un período de estabilidad para Los Secretos. Adiós tristeza, de 1991, fue un éxito conmensurable. A pesar de ello, el grupo no las tenía todas consigo. Pesaban los grandes escenarios. La fama fue prematura. También duradera. Los hermanos Urquijo, aún con el fantasma de las drogas cerca, decidieron bajar el ritmo. Pudo así Enrique volver a sus raíces: la noche madrileña. Algo cambiada en diez años. Cerraron Rock-Ola y también Extasis en Malasaña. La música se fue a otra parte. En este caso, al Agapo o al Honky Tonk. Continuaron Los Problemas.

Sala Galileo Galilei

Sala Galileo Galilei. || José María Mateos

Mundo raro

Enrique Urquijo concibió su proyecto paralelo como un mero divertimento mientras no estaba en la carretera con Los Secretos. En el repertorio todos sus placeres prohibidos. La instrumentación fue principalmente acústica. Sus miembros pasajeros. Sólo fue fija la acordeonista Begoña Larrañaga, auténtica escudera. Acompañó Jesús Redondo al piano muchas noches. Una serie de conciertos en la primavera de 1993 en la Maravillas presentaron su debut. El nombre, como no pudo ser de otro modo, fue Enrique Urquijo y los Problemas. Trece canciones que plasmaron la cara más íntima y desgarradora del cantante madrileño.

El grueso del disco lo compusieron varios homenajes. Todos a amigos de Enrique. Simplemente canciones con las que disfrutaba tocando en pequeños bares. Reflejos de una década pasada y tal vez mejor. Destacaron “Historia de playback”, firmada por Auserón para Radio Futura o “El hospital” de Alaska y Dinarama. La última fruto de una apuesta entre copas. Una delicada sección de cuerda protagonista de la versión aportó un gran contraste a la original de Carlos Berlanga. La impresión general de este primer trabajo en solitario es desoladora. Pura tristeza y sensibilidad. No obstante, esta vez habló la música y no las letras.

Enrique Urquijo y los Problemas no fue un gran éxito de ventas. Mucho mejor. Aportó una estabilidad más que necesaria a la vida del músico. Los conciertos rara vez fueron más allá de la provincia de Madrid. Asimismo, le valió un par de apariciones promocionales en televisión. Coincidió esta época con el nacimiento de su hija María, su único amor. El otro, Los Secretos, continuó con discos como Dos caras distintas, grabado en Inglaterra. Todo apuntó al final del conjunto de no ser por un empujón de su discográfica. Dos empujones, mejor dicho, en forma de sendos discos recopilatorios.

Desde que no nos vemos, Enrique

El segundo disco del grupo vio la luz en 1998, tras un año de descanso tras la agotadora gira de Grandes éxitos. Se repitió la fórmula del homónimo. La dinámica acústica trajo aromas folclóricos y de música mexicana, preferencia de Enrique. Una muestra de ello son las dos composiciones firmadas por José Alfredo “Ojalá que te vaya bonito” y “Amanecí otra vez”. El fado portugués tuvo cabida con “María la portuguesa”. Y entre sus recuerdos de juventud, un homenaje a Nacha Pop. El dueto con Antonio Vega en “Desordenada habitación” es para muchos el gran éxito de esta segunda entrega.

La perspectiva de Desde que no nos vemos quiso ser más optimista que su predecesor. Enrique Urquijo lidió como nunca sus demonios internos. Volvieron los garitos de Madrid como la sala Galileo o el Rincón del Arte Nuevo. Alternó con un joven Quique González, coautor de “Aunque tú no lo sepas”. Se atrevió a realizar una breve gira por España. Su novia Pía Minchot fue su muleta cuando más lo necesitó. Su hija y sus hermanos estuvieron junto a él.

El cambio de milenio se antojó una gran aventura. Multitud de canciones en el tintero. Las drogas y un portal de Espíritu Santo no lo quisieron. No hubo más Problemas. Enrique Urquijo, con dos décadas de eternidad, encarnó como nadie el espíritu de los años noventa. Su trabajo en hasta tres grupos brindó un crisol de bellas canciones. Desnudas y con una carga emocional rara vez vista. Un par de destellos dignos del mejor genio atormentado.

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