La irreverencia no es algo nuevo. Tampoco la transgresión es novedad. Acudir a Diógenes de Sinope para intentar hallar el origen de lo reaccionario y lo provocativo no es el paso definitivo. Pero es un gran paso.

Diógenes vivió a lo largo del siglo IV a. C. Nació en Sinope y fue expulsado siendo relativamente joven, de modo que se exilió forzosamente en Atenas donde sobrevino discípulo de Antístenes.

La condena a destierro fue consecuencia de unas irregularidades monetarias. Según cuentan ciertos historiadores latinos fue fruto de un delirio revolucionario y un desafío al poder fáctico de la polis. También lo llevó a actuar de esa manera cierta codicia, que usó contra el sistema y que nunca se preocupó de disimular. “Ellos me condenan a mí a irme de la misma manera que yo les condeno a ellos a quedarse”, manifestó.

Diógenes de Sinope, el primer punk

Escandaloso hasta la médula, no se contentaba con meditar y contemplar lo tangible y la naturaleza. Es el primer punk del planeta. Llevó al límite los principios cínicos y todo aprendizaje obtenido de su maestro. Además, se declaró en perpetua guerra contra el gobierno, la institución y las conductas sociales. A todo esto, tampoco era fiel a sus principios, pues en los principios no creía.

Busto Diógenes de Sinope

Busto de Diógenes de Sinope

El personaje es idóneo para mitos y leyendas que han surgido a lo largo de los años. El otro Diógenes, el Laercio, es de los pocos que se atrevieron a hablar de él y optaron por recuperar su nombre. Se le debe agradecer a día de hoy el tener constancia de un personaje corrosivo y altamente inflamable.

También el perro es un símbolo de la manada a la que encandiló el pensamiento de Diógenes de Sinope. De Kynikos, perruna, calificaban la relación del filósofo con su maestro. Si se quiere llegar más lejos, el gimnasio ateniense donde Antístenes impartía clase era conocido como Cinosargo o Kynosarges, perro ágil.

Es por ese preciso motivo que se vincula el nombre de Diógenes de Sinope con la libertad. Defendía que el sabio había de llegar a la autosuficiencia y la emancipación emocional y física. Su noción de superioridad intelectual lo condujo a ignorar la presencia del mismísimo Alejandro Magno.

Su prioridad fue siempre la de minimizar las necesidades que la civilización impone. Dicho de otra manera, se puede y hay que vivir como un animal. Es probable que por eso fuese visto conviviendo con perros u otros animales vagabundos.

Apostaba ciegamente, como su mentor, por el entrenamiento del alma y el equilibrio de las afecciones, así como en la gimnasia por tal de fortalecer y mantener el cuerpo. Todo este proceso tenía un fin: salvaguardar el areté, o sea, la virtud.

El hombre en la tinaja

El filósofo perro no conocía patria alguna y podríamos confirmar que también se trata de uno de los pioneros en eso que hoy en día prolifera como “ciudadano del mundo” o individuo cosmopolita. Un cínico se sentía cómodo en cualquier lugar, tanto es así que Diógenes de Sinope vivió, según cuentan algunas lenguas, en el interior de una tinaja y en callejuelas de las ciudades por las que pendoneó.

Estatua de Diógenes de Sinope en Sinope

Estatua de Diógenes en Sinope

El ingenio irónico que canalizó y transmitió a sus seguidores y aprendices, como Crates, le valió no poca fama. Es mítica, por ejemplo, su particular búsqueda de hombres. Se recuerda por otra parte que fue capturado y vendido como esclavo por unos piratas.

Una vez, viendo que la tina de los baños estaba sucia, interrogó al responsable: “Los que se bañan aquí, ¿dónde se bañan luego?”. Así era Diógenes de Sinope.

Huelga decir que dentro del anecdotario que circunvala a nuestro personaje se encuentran mil y una leyendas. No se han recogido en desmesura en este artículo para enfatizar su carácter rompedor y autárquico. Añadiendo igualmente su sensibilidad por la belleza y el libre camino del individuo.

Sus escritos, al parecer brillantes, se perdieron en el incendio de la biblioteca de Alejandría. Habría que salir a buscarlos desesperadamente. Amontonarlos y guarecerlos como preciados tesoros en un lugar recóndito. Esa obsesión de la psique y no otra tendría que ser el auténtico Síndrome de Diógenes.

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