La misma noche que la Junta Electoral regañaba a Televisión Española por poner a Bertín Osborne por delante de los políticos -no sabemos si en la regañina se incluían otras opciones como, por ejemplo, llevarlos a todos a casa del propio Bertín-, un señor mayor me regañaba en un mitin de Podemos porque el vídeo de cierre de mitin “ya lo había visto”. Uno empieza a entender la indignación aun cuando se hiperbola y se busca como culpable al primero que pillas de pie pese a que tenga un micrófono en la mano, carezca de vinculación con la organización del evento y no haya visto el vídeo en su vida.

A estas alturas de campaña, en la que los mítines empiezan a aflorar a lo largo y ancho de los hoteles y los edificios y plazas públicas, uno ya se da cuenta que de regeneración, nada: o llegas una hora antes al mitin, consigues explicarle a los señores voluntarios que necesitas una entrada de audio, les explicas qué es una entrada de audio, les explicas que eres periodista y, con esas, te mandan al escenario “que es donde están los micrófonos” o las ves venir. En eso, Podemos también es antigua política.

Total que antes de que comience el acto, los morados sortean programas electorales entre los asistentes que responden preguntas. Es una especie de concurso aunque no negaremos lo bizarro del término cuando alguien acierta y le dan un mamotreto por duplicado de doscientas y pico páginas y 378 propuestas para cambiar el país. Lo peor de tanta propuesta no es la realización sino que, dado el escaso afán de lectura de nuestro terruño, igual en cuatro años no da tiempo ni a que los propios políticos se las lean.

Los actos suelen tener un poco de todo y como los conciertos de rock, van de menos a más. Primero suele ser alguna aparición local que explica cómo llegaron a las instituciones en mayo. Luego suele ser alguna aparición regional que explica, con algo más de verbo, cómo llegaron a las instituciones en mayo. Y luego ya vienen los platos fuertes. En este caso, al secretario de Podemos en Collado Villalba se le unían José Manuel López, Julio Rodríguez y Carolina Bescansa. Y sí, llegaron una hora tarde. Los mítines de Podemos son eso que se escucha entre los cánticos de “¡Sí se puede!” o entre los aplausos cada vez que alguien critica a la Troika, a Mario Draghi, al lobo feroz de Caperucita o a todo aquello que los de ‘Coleta Morada’ hayan considerado como malo.

En el largo periplo de los muchachos de Podemos, hemos de reconocerle que las horas de clase impartidas y recibidas y las horas de televisión recibidas e impartidas han dotado a los ponentes de cierta gracia irónica que, controlada ‘monederamente’ hablando, le confiere al discurso cierta tendencia a ser escuchado. Es por ello que en poco más de una hora, sobre el escenario salieran los nombres de constructores como Florentino Pérez o Villar Mir o cómicos como Raúl Cimas o Paco Marhuenda sin que nadie se lleve las manos a la cabeza.

Cosa distinta es la novedad en la propuesta y es que el exceso de ‘pablismo’ del que se nutrió la formación durante los primeros meses de su existencia y el flujo de diálogo de este, ha dado con unos mítines un tanto previsibles que centran las alocuciones en casta, recuerdos del 15-M y alcaldías del cambio. “Como dice y hace Manuela: gestionar las instituciones como gestionamos nuestras casas”, concluyó José Manuel López poco antes de la bronca de aquél hombre por el vídeo cuando yo pensaba si era necesario ver Madrid como vimos la cocina de Carmena.

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