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El Madrid de Manuela me cobra, de entrada, ocho euros diez por una copa. No sé si antes de Manuela esto ocurría, es cierto, pero es que nunca antes tuve ocho euros para derrocharlos así. Me veía a mí mismo extendiendo el billete y, de fondo, un cartel en el que ponía ‘Gin tonic, 4 euros’ ‘Importación 6’. Ocho veinte. Pero había mucha gente como para que un tipo con camisa discuta por dos euros diez. Al llegar a Sol, hago una fotografía calcada de otra del 15-M. En el trayecto en el Metro la iba buscando. Uno rememora y se acuerda de aquello que supuso el 2011.

Quizá para la gente de nuestra edad, sea otra rémora como aquella ‘transición’ que es casi un estigma. En una esquina de la plaza le pregunto al camarero cuánto tiempo lleva trabajando ahí. Lo peor de la conversación es que no le extraña la pregunta. Recuerda a la perfección aquel movimiento “¡ójala fuera siempre así esto!”. Al girar la esquina, un restaurante aparentemente nuevo tiene por encargado a Pablo, con 21 años. Me cuenta que lleva dos años y pico en ese mismo sitio pero que él estuvo en el 15-M. Sigue con la misma ilusión. “A ver, Darío, a mí me decepciona que Podemos cambie el discurso y por eso no sé a quién voy a votar” “Yo sí lo sé”, le digo. “Ya y yo, pero entiéndeme”.

Y claro que uno entiende. Unos minutos antes había hablado con mi amiga Silvia -que me acompañaba en estas vicisitudes- de la escasa preocupación de la gente joven por la revolución. “Igual es que nos estamos haciendo mayores”. Quizá. Se nos pasa la hora del mitin interactivo y acabamos en un bar en el que venden ostras. “No pidas que nunca sabemos dónde nos pueden considerar casta”.

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