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-“¿Van a estar estos hablando dos horas?”
-“Ojalá, abuela. Les quedan por lo menos diez días”.

Viene a ser necesario el crear una marca incluso de los debates. En esta ocasión, el debate organizado por los compañeros de Atresmedia -con el esfuerzo que supone algo de tamaña magnitud- se hizo bajo la nomenclatura de ‘El debate decisivo’.

Lo peor que le podría pasar a España es que, justo ese, fuera el debate decisivo. En general, lo peor que le podría pasar a España es que alguien vote so convicción del exceso mediático al que se ha expuesto la política. Había ratos en los cuales uno entendía a Rajoy. Se le imaginaba dando collejas al chaval porque se mofara de la chaqueta de Soraya, de las tortillazas de Iglesias, de la pose latin lover de los 50 de Sánchez. Tal que así: una tortilla francesa, para no cenar fuerte que ya se sabe y mientras tanto respirando como quien respira aire de la sierra por no encontrarse ahí.

‘Anita Pastor’ y Vicente Vallés moderaron a su gusto, que suele ser interviniendo, aunque no tanto como les gustaría. Visto lo visto, lo ideal sería que hubiera un debate de vuelta en el que Ana y Vallés se enfrenten y lo modere Pablo Iglesias.

El debate fue un coñazo de tal calibre que la magnitud de los chascarrillos tuiteros y de wasap, giraban en torno al aspecto de los candidatos.
“Parece que lo han hecho aposta”, me decía mi abuela. “Los han colocado del más grande a la mas chica”.

No obstante, habremos de reconocer a Pedro Sánchez la capacidad de acaparar unos golpes que ni le iban ni le venían. Viene a ser habitual que en los debates a los que acuden representantes del partido gobernante, vengan preparados como sparring del resto. Sánchez es tan acaparador en el perder que hizo suyas las hostias gordas.

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De tanto en cuanto, miraba a la cámara del piloto rojo y soltaba un speach de argumentario con su camisa blanca impoluta. La pregunta era lo de menos. Su hueco se fue quedando tan vacío como el de Rajoy en ‘El País’.

Rivera asentía los comentarios de Iglesias e Iglesias sonreía los de Albert. Era un juego de pies, como cuando nos metemos en la cama con la muchacha y es sí pero tiene que parecer que no. El tonteo permitía que, de vez en cuando, discutieran como por mensaje, pero estaban la mar de contentos del desarrollo de la cita y solo incomodaban cosas banales pero terrenales, como el color del traje de Rivera -cercano a un uniforme de escuela católica de los 70- o el sudor de Iglesias del que tomaría nota Errejón para, en un futuro, vestirle con camisa blanca.

Los tacones de Soraya bien valieron las dos horas de esfuerzo en sostenerlo. Sostener el equilibrio físico y el otro. Con la frente con colorete, se le hizo muy difícil justificar lo evidente en cuanto a corrupción, en cuanto a la marginalidad en Cataluña e, incluso, llegó a espetar un “¡Dile a Monedero que pague!” por no decir que estaba hasta el mismísimo coño.
Cuando para ellos fue un minuto final, para nosotros fueron cuatro. En esos 60 segundos nos resumieron los panfletos que nos llegan al buzón y van del buzón a la papelera. Perdimos un par de horas viendo el debate pero nos sentimos realizados de que, por fin, no hubiera niños cocinando.

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