El fútbol eclipsó a Luna, Sol y Tierra en un duelo capital por la Península Ibérica el día 24 de mayo de 2014. Lisboa preparó su alfombra verde para acoger el partido del honor, el deseo y la gloria, ante los ojos expectantes del planeta. Real Madrid y Atlético, unidos por el blanco y sus calles, disputaban la final más rabiosa que sus hinchas podían soñar. Los merengues lucharían por escalar a su hechizada décima Copa de Europa, ahora Champions League, mientras que los guerreros rojiblancos de comandante argentino ansiaban acariciar su primera Champions.

Ancelotti preparó a los suyos con las bajas de Pepe y Xabi Alonso, descalificados para la tarea, y el sufrimiento físico de Benzema, Bale y Ronaldo, que apuraron hasta el dolor. Simeone perdió a Arda y estiró a Diego Costa, que claudicó al empezar. Madrid compartía problemas e ilusión en un enfrentamiento inédito en su historia, para envidia de Múnich, Barcelona o el barrio más sofisticado de Londres.

Del error de Bale a la testa de Godín

Benzema, como si lo hubiese pensado de niño, arrancó el choque con un pase elevado a su banda izquierda y acompañó al pitido inicial. El público y la luz del día decoraban una final hermosa. El Atleti salió firme y ordenado, siguiendo con escrúpulo las pautas de su plan, en el que no pasaría nada peligroso. Di María, rebelde, se empeñaba en transgredir por su extremo para paliar la espesura de las botas de Sami Khedira. Bale perdonó el gol y Godín remató los nervios de un Madrid lento y agarrotado.

El club de Enrique Cerezo se adelantaba en el minuto 37 tras un córner y la pifia de Casillas, que en un alarido de indecisión concedió el tanto al charrúa. Uruguay, de nuevo, era el país de la decisión.

Gol Atleti Champions

Gol de Godín

Ronaldo y sus compañeros se enfrentaban a una situación rocosa: el Atlético ya robó su tesoro y se encerraría en las mazmorras. Ancelotti, de sosiego campesino, dio entrada a Isco y a Marcelo para que cavasen entre las cuevas. A partir del minuto 70 el Madrid jugó para ganar, sin estilo ni plan, en busca de la victoria. Sus laterales percutían con insistencia, Cristiano y Bale chutaban sin acierto, Modric se liberó, Ramos fue un muro y Varane iniciaba las jugadas con absoluta limpieza. Por su parte, el Atleti aguantaba con una solvencia titánica, resolviendo los apuros y oxigenando el panorama con fugas de Sosa y Villa, rellenaba sus pautas. El legado de los vencedores frente al romanticismo del perdedor crónico, las súplicas de Xabi Alonso en la grada y la impaciencia de Diego Ribas en el banquillo.

El desenlace de la final

Lisboa guardó el minuto 80, y la tensión de dos vidas y una ciudad temblaba en el rostro de Carvajal, los calambres de Filipe Luis y el llanto de vikingos e indios. Isco rozó el empate, Bale seguía desafinado y Di María exuberante. Miranda y Godín no perdían sus escudos, Courtois se mojaba en una marmita de inspiración.

Minuto 90. Florentino era recorrido por las gotas de sudor más frío, Simeone maldecía al reloj, Zidane chillaba y Gabi miraba a su anhelo de frente. Minuto 93 y córner. La melena de Modric y sus pasos, el último clavo de un proyecto en llamas. El balón surcó el cielo y allí arriba Ramos lo rescató para clavarlo en lo más profundo del corazón atlético, justo a la cepa del poste, con la cabeza. Y explotó el fútbol de una ciudad y un mundo.

Ramos Champions

Gol de Sergio Ramos

El gol enloqueció a Madrid, bañado en lágrimas tan distintas como Cibeles y Neptuno, como el rojo y el blanco, el pasado y el futuro. El gol sirvió para aclarar la puntería de Bale, el penúltimo desequilibrio de Di María y el orgullo de Koke. El Madrid ganó en la final de su ciudad. El Atleti perdió en el principio de su futuro.

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