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Butō: cuando el cuerpo habla en las tinieblas

Ankoku butō (暗黒舞踏). Tras estos cuatro kanji se oculta un lenguaje corporal que brota de las regiones más oscuras del alma. Los padres de esta «danza de la absoluta oscuridad» son Tatsumi Hijikata (1928-1986) y Kazuo Ōno (1906-2010).

El butō se gestó en el Japón de posguerra por el que vagaban, espeluznantes, los desfigurados supervivientes de Hiroshima y Nagasaki. Criatura subversiva y extraña de su tiempo, es una danza sin tabúes, que no puede existir sobre un escenario. Una reflexión del cuerpo sobre sí mismo, el misterio de la existencia y también el de la muerte. El butō es, en pocas palabras, la revolución de la carne.

Bailarón de la danza butō.

Las raíces de las tinieblas

Hijikata creía que Tohoku, su desangelada tierra natal, estaba en todos y en todas partes. Estaba presente, ciertamente, en las raíces de una danza que desarrolló junto a Ōno a partir del final de los años 50. El Japón de entonces veía su identidad tradicional colisionar con la cultura occidental forzosamente introducida por la ocupación estadounidense. Fruto de tal choque surgía una incipiente sociedad reaccionaria, sumida en un cambio a menudo acelerado.

El butō era una rebelión contra este Japón en crisis. Sus artífices lo reivindicaban como un descenso a la tierra, al subconsciente. El folclore y el imaginario de los que bebe el butō son, lógicamente, japoneses. Sin embargo, abraza también las influencias occidentales. No en vano en Hijikata habían influido tempranamente movimientos como el dadaísmo o el surrealismo. Igualmente importante en la fundación del butō fue la teoría del director teatral Antonin Artaud. En la obra de Ōno, recuerda Margarett Loke, «se aprecia la huella del expresionismo alemán y el cristianismo».

Los bailarines de esta danza se pintan de blanco.

En Dance of Darkness, Isamu Ōsuga, creador del grupo Byakko Sha, explica cómo «las culturas ajenas despiertan memorias ocultas en sus cuerpos». Responde así al error occidental de considerar el butō como «un fenómeno marcadamente oriental», contra el que Johannes Bergmark advierte en su ensayo Butoh – Revolt of the Flesh in Japan and a Surrealist Way to Move.

La danza en los ojos del bailarín

Hijikata había observado las danzas occidentales y decidió que no quería alzar los pies del suelo. No deseaba que su cuerpo dejase la tierra. Acaso porque está estrechamente vinculada a la muerte, y la muerte es un elemento clave en esta danza. Mucho antes de su temprana muerte, Hijikata sabía que esta le conocía bien. Con la práctica del butō, deseaba «evocar los gestos de los muertos… Hacerles representar sus muertes». Dentro de su cuerpo, explicaba, «un difunto podía morir una y otra vez».

Bailarín en plena representación.

Ōno visualizaba su propio imaginario al bailar. Era un devoto cristiano y rendido admirador de La Argentina, a la que dedicó un solo dirigido por Hijikata en 1977. Si este último miraba dentro de sí mismo y veía a la muerte, Ōno seguía el hilo de sus memorias. Habían de conducirle de regreso «al útero materno», su cuerpo cargado con «todo el peso y el misterio de la vida». Para él, la danza era una forma de vida, y como tal, su arte «pertenecía a la improvisación».

El butō y los colores prohibidos

Allá por 1959, Yukio Mishima todavía no había cometido seppuku junto a sus selectos discípulos del Tatenokai. Sí que había publicado ya El color prohibido (禁色, Kinjiki), que se estrenó aquel año como la primera pieza de butō. Difícilmente podría imaginarse un maridaje mejor y más provocativo. El tabú de la homosexualidad ya habría sido suficiente para muchos. La supuesta estrangulación en vivo de un pollo entre las piernas de Yoshito Ōno, hijo de Kazuo, fue la gota que colmó el vaso. Se expulsó a Hijikata del festival, pero no sin antes ganarse su fama de iconoclasta.

Y es que el butō suele escandalizar al ojo profano. Bailarines con las cabezas rapadas, pintados de blanco y a menudo desnudos, contorsionándose y gesticulando. Desdentados. Babeando. Sacando la lengua. Recurriendo a todo tipo de artefactos y evocando imágenes explícitas. Sumidos en la oscuridad.

Una danza llena de vida.

Quienes superen el sobresalto inicial avanzarán junto al bailarín de butō, explorando las sombrías regiones abisales del alma humana. Para haber nacido en las tinieblas, acurrucada junto a los muertos, esta es una danza llena de vida.

Ana Padilla Fornieles

Haciendo camino desde 1989. Traductora e intérprete, miembro del equipo de moderación de Our Shared Shelf. Mis pasiones son los idiomas, la literatura, viajar, la cultura en general. Soy un proyecto de escritora.

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Ana Padilla Fornieles

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