Vivimos tiempos extraños para el panorama literario español, tiempos en los que casi cualquier tertuliano de televisión puede dictar sus “memorias” a alguien con un ordenador y ser número uno en ventas. Tiempos extraños… puede que lo mejor sea calificarlos de tiempos difíciles.

Porque si rebuscamos en las librerías y en las tiendas, por desgracia poco hay de autores nacionales y mucho de extranjeros. Pero por suerte no todo es negro, no todo es caos y aún quedan autores buenos, autores de los de verdad. Esos autores que hacen que te metas en las páginas de sus libros y no quieras soltarlo hasta que acabe la hoja, el capítulo, el libro.

Un ejemplo de esa literatura a la que me refiero podría ser la escrita por Albert Espinosa, del que desde hace algún tiempo se viene hablando en los medios de comunicación con cierto grado de asiduidad.

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Nacido en Barcelona el 5 de noviembre de 1973, vio como su vida pronto quedaba truncada cuando con nada más que 14 años le diagnosticaron un osteosarcoma (un cáncer de hueso) que hizo necesario que le amputasen la pierna y en los años posteriores, a causa de la metástasis, también fue necesario extirparle el pulmón y una parte del hígado. En lugar de hundirse, continuó peleando junto a su grupo de pelones (mote con el que cariñosamente se designaban unos a otros, debido a la perdida de pelo que experimentaban a causa de la quimioterapia), continuó luchando y se licenció en ingeniería industrial el mismo año que su expediente médico se cerraba, el mismo año en el que venció al cáncer.

Tenía 24 años y había pasado los últimos diez luchando. ¿Y después qué? Después decidió escribir, con pasión, poniendo un trocito de su alma en cada uno de sus textos, intentando no solo enganchar al lector con cada frase, sino también intentando enseñarle algo. No solo novelas, sino también series de televisión o películas como Planta 4ª.

El mundo amarillo, la que fuera su primera novela, supone un mundo de descubrimientos a través de las vivencias que el cáncer trajo a su vida y que quiere que el lector pueda aplicar a su día a día, porque como él mismo dice “los hallazgos que haces cuando estás enfermo sirven también para cuando estás bien”. Esta novela sirvió de inspiración para la serie que escribió posteriormente, la conocida Pulseras rojas, basada en sus propias vivencias, en su día a día dentro del hospital y que nos hizo ver que por muy mundoamarillomal que nos parezca que está la situación siempre hay una luz al final del túnel.

Tras esa primera novela ha habido más, todas ellas con una enseñanza de fondo. Con todas ellas cuando cierras el libro terminas con la sensación de que has aprendido algo, algo que te hace ser mejor. Ese tipo de novelas que cuando las dejas en la estantería, no se quedan solo ahí porque ya forman parte de tú ser. Porque tal vez no queden escritores nacionales de la vieja escuela, pero siguen quedando escritores capaces de emocionarnos con sus páginas.

Escritores que consiguen que a través de sus letras crezcamos como personas. Y que como Albert, nos trasmiten enseñanzas tan importantes como a no tener miedo de ser la persona en la que te has convertido. Aunque si queréis conocer más enseñanzas tendréis que bucear entre sus libros.

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